CAPÍTULO 11

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Tardó más aquella tarde en recorrer los 10 kilómetros que le separaban de su apartamento que Stanley encontrar a Livinstone, y además no iba a llegar. Un coche la aguardaba aparcado a unos metros del edificio donde vivía con las puertas del chofer y trasera abiertas y un hombre con la gorra en la mano saludándola cortésmente fue hacia ella:

– Señorita: Don Juan Porter pregunta si quisiera hacerle el honor de cenar esta noche con él.
– ¿Qué…? ¿Qué es esto? ¿Están rodando una película?
– ¿Perdone?

Marta se dio la vuelta sin prestar más atención a aquel fantasma del inframundo, pero seguramente el chofer no era un aprendiz o estando al servicio de tan singular personaje se las había tenido que ver con gente de muy diversa catadura y fue hacia ella para insistir:

– Señorita… disculpe que la haya abordado así, pero Don Juan Porter pensó que así era mucho más correcto que llamarla simplemente al teléfono, y por otro lado ha evitado venir él en persona por si a usted la molestaba.

Marta se giró consciente de que los fantasmas son seres insistentes y que muchas veces uno no sabe como sacárselos de encima. Se lo quedó mirando con la curiosidad indiferente de un niño de ocho años que hubiera encontrado de pronto en el paisaje del páramo la silueta de un reactor nuclear, pero lo utilizó para canalizar alguna de sus emociones incómodas y se demoró bastante tiempo en quedárselo mirando fijamente sin expresión. A veces la inexpresividad desahoga mucho más que la violencia. Pero el chofer, ni seguramente su jefe podrían jamás entender aquella insólita actitud, tuvo que tratar de interrumpirla como pudo:

– Eh… Perdone… Si le parece bien, el Sr. Porter la espera a las 9 en el restaurante Orotava… ¿Sabe donde esta?

Marta asintió frunciendo un poco los labios hacia abajo ayudada con unos levísimos golpes de cabeza.

– Entonces… – tuvo que confirmar el hombre – ¿Es todo?… Bueno, bien… Claro… así se lo diré al Sr. Porter.

Y Marta no varió la posición una décima de milímetro hasta que el coche se hubo confundido con cualquier otra cosa al final de la calle. Entonces escupió:

– ¡Joder!

Y en lugar de subir a su casa a arreglar los desaliños de una jornada de agitación política callejera, como harían la mayoría de las mujeres a las que uno de los hombres más poderosos de la ciudad invita al restaurante más caro de ella, siguió andando calle abajo. Marta era así, capaz de presentarse en un restaurante de lujo exhibiendo atuendos de guerrilla urbana; no hacía concesiones a la galería como tampoco a sí misma. Desde luego es mucho más difícil pasar por el mundo de esa manera, pero Marta era así. No gustaba de la provocación sin más, pero tampoco se esforzaba para evitarla. Se tomó su tiempo en llegar sin comprobar si era pronto o tarde. Y al entrar por la pequeña, pero sofisticada entrada al restaurante, en la que se anunciaba de buenas a primeras, con un manojo de perdices colgadas de una escopeta de dos cañones, que la especialidad era la caza, tuvo que soltarle al portero sin más preámbulos:

– Me espera Juan Porter, y le aconsejo que le avise sin más aspavientos.

Salió el propio Porter.

– Hola Marta, ¿cómo estás? ¿Te apetece que cenemos aquí o vamos a otra parte?
– Prefiero en otra parte.
– Claro, vamos donde quieras. – Y se dispuso a seguirla sin dar más explicaciones al personal del restaurante. – ¿Quieres que demos un paseo?

Marta se lo quedó mirando cuando se encontraron en la calle. Después de tantos años de agnóstica le intranquilizó la posibilidad de que Dios existiera. Pero tal como se comporta un agnóstico ante una aparición, preguntó:

– ¿Por qué quieres verme?
– Porque lo necesito. – respondió antes de que pudiera formarse bien la pregunta en el aire que los separaba. – No tengo otra explicación. No creo que la haya.

Juan era consciente de la estampa irregular que hacían conversando delante de la puerta de aquella perla de la restauración barcelonesa de aquellos años, ella con sus aliños de revolucionaria y él con su traje carísimo de corte personal, y lejos de sentirse divertido como podría ser su placer en otras ocasiones, sintió que aquella irregularidad era también importante para su vida. Marta echó a andar hacia el hermoso paseo de la Rambla de Cataluña. El la siguió a su lado y anduvieron largos minutos en silencio hacia abajo, hacia el corazón multicolor de la ciudad. Entrados en la calzada central de las Ramblas ella le indicó que necesitaba un trago y se metieron por una de las hermosas callejuelas repletas de las más variadas formas de la humana necesidad. Y solo después de un buen trago de whisky, sentados en una mesa del rincón, levantó los ojos hacia él.

– ¿Estás seguro de lo que quieres?
– En la mayoría de las cosas que ocurren en mi vida, sí. Contigo no. No tengo ni idea. Por primera vez en mi vida solo me permito sentir lo que siento y nada más. – Bebió y volvió la vista hacia la ventana.
– ¿No te parece que hacemos una pareja muy rara?
– Sí, claro… – sonrió, y eso contribuyó a que ambos se relajaran un poco.
– No debí decirte lo del Dr. Alier de la forma que lo hice… – iba a empezar Marta, pero Juan le siguió.
– Tú eres así, y probablemente por eso estamos aquí. – Inspiró hondo para darse ánimos en lo que iba a decir desde hacía días: – Nadie me había tocado con tanta puntería como tú lo has hecho, primero con lo de mi padre y después conmigo. Nunca me había ocurrido. Nunca en mi vida pude decir a nadie lo que sentía.
– ¿Ni siquiera a tu padre?
– Oh… – hizo un gesto evasivo con todo su cuerpo. – Mi padre no estaba a mi alcance. Estaba lejos… en su propio destierro. Nunca pude hablar con él de hombre a hombre. Nunca pude con aquella terrible máscara de dolor que siempre lo protegía. Terminó sus años alcoholizado. – reveló con vos muy trémula. – Fue el gran ausente en mi vida y nunca supe porqué. Nunca quiso hablar de su tragedia. Nunca…

Juan Porter había montado una fortaleza alrededor del corazón del monstruo para tratar de mantenerlo encerrado, pero a pesar de su poder y riqueza era un hombre afortunado; estaba a tiempo para encajar que alguien apareciera colocando y haciendo estallar aquellos potentes detonadores en la base de la estructura y tener la oportunidad, como en la leyenda de Beowulf, de luchar cara a cara con el maligno, bajo las aguas del pozo, de su propio pozo. Continuó hablando porque Marta se lo estaba pidiendo:

– No voy a huir otra vez… El Dr. Alier te habrá puesto al corriente de mi intento de suicidio. Si no es así te lo puedo contar…
– Me lo dijo.
– No fue el único intento, y hubo otros doctores Alier…
– Juan: yo soy lo menos parecido a un terapeuta…- iba a protestar Marta.
– No… – rió abiertamente – No necesito eso. – Dudó unos instantes y describió la mueca indiscutible del que va a saltar sin paracaídas, y piensa que a fin de cuentas si no salta el avión está a punto de estrellarse, con que no hay mucha elección. – Necesito saber simplemente que soy capaz de amarte… No necesitó más. – La mirada del gran hombre de hielo era la de un niño sobrecogido por el espanto.

Los ojos de Marta parecieron estallar por un fortísimo golpe de emoción. Para ella tampoco era fácil de encajar que la necesitaba alguien a quien ella también necesitaba, y de aquella manera tan absoluta. Lanzó un resoplido e iba a lanzar también la sonora protesta al destino, “¡joder!”. Pero lo hizo hacia adentro. Desvió la mirada e intentó empezar a hablar, como ella sabía hacerlo:

– Claro que eres capaz… muy capaz. ¿No te diste cuenta?
– Sí… – su mirada se extravió de pronto en algún lugar imposible y precisó: – Yo sí, pero… – A Marta le recorrió un escalofrío. El se dio cuenta de que ella reconocía aquella mirada de niño desamparado. Cerró los ojos para inspirarse y poder continuar. Se ayudó de un breve carraspeo. – No te asustes, Marta, no soy un psicópata que sabe mentir como nadie para esconder el alma de un asesino. Nunca he matado a nadie, ni siquiera existió el complot contra los enemigos de mi padre, más que en mis deseos… Estoy hablando de “eso” – cerró el puño para golpearse la base del esternón – que la mayoría de nosotros llevamos en el interior y que para algunos representa un verdadero monstruo… pero más para sí mismo que para los demás.
– ¿Tus vidas pasadas?
– Ah… ¿eso? No es nada, eso fue hace mucho tiempo, de joven, cuando la imaginación parece aportar todas las soluciones… Ya le he dado la vuelta también. Es algo mucho más simple y por lo tanto mucho más terrible… es lo que los psicólogos le llaman el trauma infantil ante la imposibilidad de curarlo, esa impronta que quedó grabada por las primeras experiencias de niño y que se realimenta día a día cuando uno es demasiado sensible… El poder sirve para ocultar muchas debilidades…
– Adler. – Sentenció Marta para aligerar la tensión y recitó una de las máximas de aquel discípulo de Freud: – “El anhelo de poder no nace de la fuerza sino de la debilidad”.
– Marta… – El poderoso en aquel momento era un niño desvalido convirtiendo a la déspota libertaria en un atisbo de madre, pero para ella era demasiado pronto para poder soportar que alguien la implorara, y menos aquel hombre que había sido capaz como nadie de sacudir los cimientos de su propia fortaleza construida también para tapar al monstruo. Se volvió hacia la ventana, con pesadumbre, porque supo que no podía huir como las otras veces de su propio callejón sin salida.

Los despertó de su ensimismamiento el dueño del bar diciéndoles que eran más de la una de la madrugada y que tenía que cerrar, había caído el tiempo a plomo.

– ¿Qué quieres hacer? – preguntó Marta al verse en la calle.
– No quisiera separarme de ti esta noche.
– Separarnos ahora ha de ser la cosa más difícil del mundo. ¿Vamos a mi casa?
– Donde tú quieras.

Y los náufragos llegaron empapados y exhaustos a la playa de la isla donde termina el mundo, y aquella noche se amaron sin violencia y sin pensar, solo sentir y hacer sentir, sobre todo ternura, algo de lo cual anduvieron faltados ambos durante demasiado tiempo.

Y a la mañana siguiente se preguntaron si el mundo les dejaría emprender aquel camino juntos o por el contrario el maligno controlador del mundo les estaba ya preparando sus acostumbradas trampas con la infinita sutileza que le caracteriza, para seguir alimentándose de sus angustias, como desvelan las antiguas religiones babilónicas.

Se miraron suavemente por encima de sus tazas de café humeante haciéndose la misma pregunta: “¿Qué vamos a hacer ahora?”. Y como Marta había recobrado su feminidad, disfrutó de ella esperando a que su compañero se pronunciase, sabiendo que la aguda intuición de éste lo habría adivinado y no se haría de rogar.

– Solo necesito unos días para arreglar ciertas cosas y nos podremos marchar. Estoy seguro que ha de ser mucho más fácil cambiar a una vida sencilla que al revés.
– ¿Quieres dejarlo todo? ¿Tu imperio?
– Ya no lo necesito…
– ¿Estás seguro? Te conocen en medio mundo…
– ¿Seguro? Tampoco necesito estar seguro de nada…
– No duraremos ni dos días. – Marta describió una gran interrogación con ambas palmas abiertas. – Tu ritmo de vida, tus maquinaciones… Y yo… no he aguantado a un hombre más de una semana.
– Habrá que arriesgarse…
– Espera, Juan. Si los dos hacemos lo que hacemos y estamos donde estamos es porque somos muy prácticos. ¿No? Bien, pues, ¿por qué no simplemente…?
– No funcionaría, Marta, porque ambos hacemos lo que hacemos y estamos donde estamos porque huimos de nosotros mismos. No lograríamos nada. Yo compartiéndote con mis reuniones y tú con las tuyas, mi mente ocupada con la maquinación para encumbrar al próximo líder político que quiero comprar y tu de tu próxima revolución. Este es nuestro veneno, y lo que te propongo es quitárnoslo de encima.
– Y no seré yo quien me eche atrás. ¿Adónde vamos?
– Bueno: Yo tengo mucho dinero que gastar y tú seguramente conoces alguna tribu del Amazonas en vías extinción a menos que logremos sobornar a los caciques del gobierno… por poner algún ejemplo. He leído tus artículos…
– ¿Tienes tanto dinero como para comprar al gobierno del Brasil en contra de las multinacionales de la madera?
– No creo, pero siempre puede haber alguna pequeña guerra que ganar…
– Solo piensas en ti mismo. ¿No crees que yo ya estoy harta de meterme en guerras perdidas?
– Sí, lo siento. Tienes razón. He hablado por mí. Di tú lo que quieres hacer, yo solo quería acercarme a tu mundo.
– ¿Qué te parece si nos vamos a algún lugar donde nadie nos conozca y estemos solos tu y yo y lo que hagamos sea solamente de uno para el otro?
– Desde luego, es la mejor idea.

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