CAPÍTULO 10

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Quedaron en verse de nuevo, pero aquel primero de Julio Arias Navarro presentaba su dimisión al Rey Juan Carlos, y los jugadores de la trastienda, entre ellos Juan Porter, se movían frenéticamente para tensar aún más los hilos de la telaraña del poder, y le tuvo que decir a través de su secretaria que no podría acudir a la cita. En otra ocasión, y estando al corriente, por lo menos de lo que en la calle se cocía, Marta lo hubiera entendido perfectamente, pero no en ese momento, después de la entrevista con el Dr. Alier, y se lo tomó como una estratagema más de psicópata para torturar a su víctima.

Había tenido enfrente muchos monstruos, especialmente los de su interior, pero el que se iba formando lentamente al otro lado del cristal de la ventana era nuevo. Una especie de elfo o duende de los bosques amenazando desvelar su verdadero carácter demoníaco en cualquier momento y despertar las antiguas guerras de venganza. Donde más peligro corre uno es atrapado dentro de su propia mazmorra. No hay cadenas más fuertes que las que construye la propia conciencia. Pocos días atrás creyó haber llegado el delta del Nilo de su vida, el lugar donde las aguas terminan su búsqueda y llegan a su destino, pero de pronto ese delta pareció estrecharse otra vez en los angostos barrancos del curso alto. ¿Qué podía hacer? ¿Desplegar otra vez todas las antenas de su instinto para detectar a tiempo el momento en que el macho empezara a transpirar aires de dominación para tomarle la delantera, o desaparecer sin dejar rastro? Si el diagnóstico del anciano psiquiatra era cierto, Juan Porter debía ser de los tipos cuya culpabilidad por haber disfrutado del sexo no se traducía en el típico desenlace de violencia doméstica, sino en ejecutar una ceremonia de la destrucción infinitamente sutil. Si eran ciertas las maquinaciones para destruir a los presuntos enemigos de su padre, la suya podía ser la obra maestra de los Borgia sin el recurso a los venenos físicos. No dejaba de atraerle seguir el juego por excitarla la sensación de peligro, pero también por pura curiosidad de comprobar hasta qué extremos puede llegar a retorcerse la conciencia humana, aunque dese luego no era eso lo que la había enamorado, sino el proceso de transformación de un monstruo en un ser humano, por la vía del coraje de ponerse delante de sus propias debilidades y contradicciones.

Otra vez se encontraba de pie en mitad de aquella planicie roturada por caminos que confluían en un mismo punto de fuga más allá del horizonte, allá donde parecía encontrarse su propia identidad, y que nuevamente se le estaba escapando.

Tardó apenas unos minutos en coger una bolsa con lo imprescindible y un taxi para el aeropuerto, pero cuando la Gran Vía empezó a dejar atrás los vestigios de Barcelona y ya empezaban a verse lo que iba quedando de las otrora fértiles huertas de El Prat un relé automático saltó en su cerebro iluminando un rotulo en el panel de alarmas que decía: “¿Huyendo otra vez?”.

– ¡Pare!… Digo… gire a la derecha, he cambiado de idea.
– ¿A Hospitalet?
– Sí… eso es, ya le indicaré…

Dejó el taxi en no importó donde y echó a andar al mismo lugar infinito que cubre este planeta llamado tan comúnmente “ninguna parte”, hasta que al caer la noche se vio llegando a su domicilio con unos pies, tal vez prestados, que se negaron a entrar en él. En “ninguna parte” uno puede esperar a que ocurran muchas cosas, inyectarse alucinógenos, suicidarse, entregarse a la meditación o llamar por teléfono móvil. Marta no podía hacer más que lo último.

– ¿Qué te ocurre? – preguntó su padre.
– No lo sé. ¿Puedes venir?
– ¿Qué?… Claro, donde estas. ¿En tu casa? Ahora voy.
– Ven con tu mujer.
– ¿Vivianne?
– Claro.

Hacía mucho tiempo que ambos no cogían un taxi, pero la gravedad de lo que parecía ocurrir a su hija hizo pasar por alto lo mucho que habían subido las tarifas, gravedad que sintieron confirmada al verla sentada en un banco del paseo con una bolsa de viaje a los pies. Se sentaron a su lado, su padre la rodeó por el hombro y dejó que su cabeza se apoyara en él en silencio. Nadie dijo ni “hola”, hasta pasados unos minutos.

– Es ridículo que acuda a ti… me siento ridícula. – Su padre no contestó. Iba añadir algo así como “yo que he estado en…”, pero le pareció aun más ridículo, y en lugar de eso dijo: – ¿Os apetece que subamos a tomar algo?
– Estar aquí o allá… – murmuró su padre contestando más bien a alguien que pasaba por el final de la calle. – Lo que parece importante es estar.
– ¿Cuánto tiempo te ha llevado llegar a esa conclusión papá? – se volvió a mirarle.
– Tiempo… supongo que ya lo sabía en el momento de nacer, pero se me olvidó enseguida, y he tardado muchísimo en recordarlo.
– Empiezan a gustarme tus jeroglíficos, – se separo un poco para sonreírle – pero mejor los acompañamos con algo sólido, ¿vale? – Su padre despegó los labios para contestar pero ella lo hizo por él: – “Lo que tu digas”. – Rieron los tres y acabaron por despegarse del banco y subir al apartamento.

– ¿No has notado nada? – preguntó su padre reponiéndose con el primer trago de whisky. – Quiero decir, algo en su comportamiento que te haga percibir, tú que tienes esa intuición, el odio escondido hacia la mujer. Tú que los has conocido de todas clases… – Marta seguía en silencio mirando por la ventana, marco inevitable por el que uno siente su propio silencio. – ¿Te cogió con el paso cambiado?… No será que – introdujo su padre con precaución – estabas, deseando como cualquier mujer, cerrar los ojos para no ver al monstruo?
– No todos los hombres sois monstruos, papá. – murmuró sin pestañear.
– Una mujer herida… va en busca de ellos.
– Pero tú no me heriste…
– En cierto modo sí. El rechazo, el abandono es una herida muy profunda, a veces más que la violencia, porque esta crea un objetivo claro contra el que vengarse.
– ¿Vas ahora a jugar a sentirte culpable? – Iba a volverse pero siguió buscando al otro lado del cristal.
– No. Eso ya pasó. Si me sintiera culpable no podría decírtelo tan abiertamente. La culpabilidad es una invención cultural; No existe, porque cada uno tiene su circunstancia y su naturaleza. Si has de matar a un violador, mátalo, pero sin un gramo de culpabilidad, porque él ha hecho lo que tenía dentro y tu también.
– ¿Qué debo hacer ahora? – se volvió por fin – ¿Seguirle el juego o mostrarme como soy, que es por lo que me he enamorado?
– ¿Deber? Es la primera vez que oigo esa palabra en ti… Pero, ¿tú crees que te has enamorado de Juan Porter porque has podido ser sincera por fin? Tú siempre has dicho lo que has querido y muchas veces lo que salía de tu estómago. Y con el trasfondo de la maquinación que envuelve a Juan Porter…
– ¡Pero eso ha quedado claro…!

Su voz resonó como la del monaguillo en plena nave de la catedral, que despierta sobresaltado en plena noche y corre hacia al altar creyendo que llega tarde a misa, y que la luz trémula de varias candelas le indica que no se ha perdido del todo, aunque falta mucho rato para la celebración.

– ¿Qué buscabas en él, Marta? – volvió a hablar su padre al cabo de unos instantes.
– Yo no me pregunto esas cosas. Siento lo que siento y ya está. Y en él he sentido… Y además desde aquel mismo día en el cementerio. – Se sirvió otro vaso. – Puede que tengas razón, que solo sea un estímulo para seguir viviendo. Una fuerte personalidad, un entorno carismático, el “famoso complot”…
– Tú siempre has encontrado estímulos, pero no te has enamorado de ellos.
– ¿Tu famosa… auto-observación? – Marta se volvió hacia su padre sorprendida de encontrar alguien conocido entre la multitud saliendo por la boca del metro. – ¿Observar nuestros comportamientos supone un camino a superarlos? No podemos analizarlos con la estructura de la mente que tenemos, por tanto solo hay que tratar de observarlos, como a la sombra hasta que deja de ser terrorífica para convertirse en solo eso, en una sombra que puede ser cualquier cosa. ¿Es eso?… Sí, sí, ya se, ya se. No hay ninguna solución, no hay ningún camino, solo andar.
– Y amarnos.

Los despertó el móvil de Marta bastante después de haberse despertado la mañana. Se levantó despacio como si fuera su abogado anunciándole que el jurado la había encontrado culpable de asesinato. Cogió el minúsculo aparato, se lo colocó al oído y esperó un par de sonidos de llamada más para colocar ágilmente el dedo entre la oreja y apretar el botón verde.

– ¿Sí? … Estoy bien… No pasa nada, lo comprendo… ¿Esta noche? Bueno, ¿dónde? … Juan: Fui a ver al Dr. Alier.

El silencio al otro lado debió parecerse al instante después de un terremoto de ocho grados en la escala de Richter, porque la mano que sujetaba en aparatito fue cayendo lentamente. Pero solo hasta un lugar impreciso en el aire, aunque lo suficientemente cerca de la oreja para repetir:

– ¿Me has oído? … ¿Sigues queriendo que nos veamos esta noche?… ¿Por qué no?: Respuesta equivocada, Juan. Piénsatelo y me llamas. ¿De acuerdo?

Marta vio como su padre y Vivianne iban a la cocina a preparar el desayuno. Colgó y paseó la mirada por la inmensidad de su desierto. Pero solo unos minutos, porque la rescató aquel par de náufragos que un día encontraron la Isla trayendo el desayuno, del que destacaba una humeante y aromática cafetera. Comieron en silencio y se comieron el silencio.

– Sigues queriendo destruir a quien puede amarte. – murmuró al aire su padre.

Marta levantó la mirada de golpe, pero el fulgor asesino duró poco, entre otras razones porque la sonrisa beatífica de su padre le indicó que él ya no estaba al alcance de sus disparos. Entre matar o amar hay a veces la distancia de un grano de arroz, pero la suficiente para que Marta se diera cuenta. Se dejó desplomar en el sofá.

– Yo creí… que eso ya estaba superado. Hemos hablado, ¿no? Nos hemos sincerado y he comprendido lo que pudo ocurrir, he digerido esa montaña de confusión… ¿Porqué, entonces…?
– Sigue habiendo una niña herida dentro de ti que no dudará en querer destruir al hombre a la menor ocasión. – Hizo una pausa y dio otro sorbo a la taza. – Tal vez hayas entendido a nivel intelectual, es decir, en la superficie, pero corregir esos condicionamientos anclados en el fondo lleva mucho tiempo y práctica. Crees que ya lo has superado y la herida se disfraza de superación para hacértelo creer.
– ¿Qué puedo hacer?
– Amarte. Permitirte ser feliz y encontrar lo que necesitas.
– ¿Vosotros…?
– Oh,… Dios… – el hombre describió un amplio gesto con la mano. – Nosotros… Yo trato de seguir atento a la aparición de la culpa para observarla todo lo que pueda y dejar que siga su camino sin quedarse en mi. Y trato de decir a Vivianne lo que pienso, todo lo que pienso y pedirle lo que necesito y tratar de darle lo que me pide, sea lo que sea… no conozco otro medio.

Marta se volvió hacia Vivianne como para preguntarle de qué planeta venía, pero la irlandesa se la quedó mirando con la dulzura de las flores salvajes que nacen en cualquier parte del prado antiguo en primavera, indicándole que no sabía qué contestar a eso ni a nada de lo que padre e hija hablaban. Simplemente había decidido amar a aquel hombre y pedirle que la amara. Así, sin más, sin mensajes, sin composiciones intelectuales, sin condiciones. Y aquel hombre había tomado la decisión de tenderse sobre aquel prado y dejarse acariciar por las flores, por el aroma de la hierba, por la brisa de las tierras altas y prestar atención a las antiguas canciones de la leyenda que, si dejas al oído vivir, las oyes fluir con la brisa, con el perfume del perfume, con el rumor de las hojas de los sauces, con el tiempo que pasa sin tiempo y se esfuma.

Pero como Marta no conocía el prado sino los campos de batalla resolvió:

– Por cierto, me estaba olvidando de lo importante: Se me hace tarde para llegar a Sant Boi.
– ¿Eh?
– Hoy es 11 de Setiembre y se va a organizar la “Diada Nacional de Catalunya” por primera vez desde la dictadura y hay que ir. ¿No os animáis? … Bueno, ya veo que no os hacen falta emociones fuertes… Las podéis producir vosotros mismos… ¿Qué decías papá?
– No,… nada.
– ¡No me mires así, no estoy huyendo de nada, simplemente hago lo que me gusta!

Su padre se levantó del sofá y fue a abrazarla para despedirla antes de que llegara a la puerta, y Marta le sintió como si le estuviera dando su amor ya que no había podido persuadirla de enfrentarse a sí misma en lugar de huir a cualquier país del Tercer Mundo embarcada en una ONG.

Para mucha gente del país, aquel 11 Setiembre de 1976 fue el amanecer de algo que, como en cualquier amanecer, aún se ignora como continuará el día, pero ciertamente otro país pareció posible. Marta sin embargo no lo disfrutó, ni siquiera a la hora de meterse en líos por las provocaciones de su grupúsculo al enarbolar banderas independentistas, a pesar de las insistentes advertencias por megafonía de que solo ondearan banderas unitarias. Ella se había metido en otra parte y sintió que en esa otra parte no hace falta meterse en líos, porque ya se encuentra uno con bastantes y de muy compleja catadura. Incluso cuando fue increpada por los servicios del orden y a punto de ser detenida se le antojó que actuaba en aquella película demasiado conocida por haber ido demasiadas veces al único cine, y le costó comprender lo que estaba ocurriendo. La efervescencia entusiasta y esperanzada que la rodeaba le pareció un océano agitado del que ella se había hecho a un lado.

Se dio cuenta de que, terminados los discursos y el acto en sí, sus compañeros se iban alejando entre los gritos enardecidos de la multitud y ella seguía sin poder despegarse de aquella tierra de nadie en la que había ido a parar tan solo hacía un par de días; la tierra de nadie de su propio interior. Sin más, había abandonado la necesidad de lucha, y al parecer aceptado la terapia más peligrosa, la auto-observación.

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