CAPÍTULO 9

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Al principio la llamada de su padre se le antojó a Marta otra más para saber cómo estaba, para no perder el contacto, etc., pero el motivo de la llamada le hizo cambiar de actitud.

– Fue por casualidad, como ocurren estas cosas. El otro día charlando con mi amigo Josep Alier, psiquiatra retirado, me comentó que él había tratado a Juan Porter de joven, no recuerda qué edad tendría, pero lo rescató a duras penas de consumar un intento de suicidio… – Marta desvió la vista del televisor en el que el telediario narraba los graves disturbios en Soweto por la obligación del uso del Africaner en las escuelas de niños negros. – No sé, creía que sería interesante para tus investigaciones.

No había puesto al corriente a su padre del giro que habían tomado los acontecimientos ni de sus encuentros con el investigado ni que ya no le interesaba la investigación sino solo al hombre. Iba a colgar para darle las gracias y decirle que se verían luego y olvidarse del asunto, cuando su instinto le hizo seguir agarrada al auricular del teléfono y continuar hablando, hasta que le preguntó a su padre si podía hablar con el psiquiatra y finalmente le pidió el teléfono. Aquel mes de Junio estaba siendo especialmente caluroso en todos los sentidos. El día 21, la prensa extrajera recogía el disgusto expresado por Arias Navarro y los ministros militares por las declaraciones de Fraga Iribarne a sobre la conveniencia de legalizar el PCE.

Volvió a quedarse paralizada como tantas veces en que creía haber salido del cuerpo y marcharse a viajar por quien sabe donde después de un cierto intercambio de palabras con alguien sobre un determinado asunto. En esos momentos se veía de pie en medio de una planicie perfectamente lisa y pulimentada, sin la más mínima referencia en el paisaje que unas tenues y apenas esbozadas líneas de dirección que presumiblemente la invitaban a tomar, solo que eran demasiadas y uno puede decidir entre dos direcciones, tres, cuatro a lo sumo, pero cuando los caminos posibles se multiplican hasta el paroxismo uno se queda como Marta, de pié, esperando a que suceda algo, aunque solo sea que transcurran algunos minutos para que la saquen de aquel estado y pueda hacer algo a continuación, aunque sea dar uno o dos pasos por la habitación.

Al parecer la vida no es una película o un relato de ficción, que tiene un principio y un final a gusto del guionista, sino que tuvo su comienzo en algún punto que desconocemos y continúa hacia otro aún más ignoto. O, dicho al revés, una película o un relato de ficción son solamente una instantánea tomada según los gustos de fotógrafo de un proceso que tal vez no tenga principio ni final sino que sea, como todo en el universo, de naturaleza cíclica.

Obviamente Marta no quería conocer a aquel psiquiatra por lo que pudiera revelarle del hombre que finalmente parecía estar llenando el gran vacío de su alma. ¿Suicidio? ¿Qué importa eso? Ella también estuvo ingresada a los 14 años en el hospital clínico por haberse tomado 40 pastillas de Aneurol. Sí, pero algo le dijo que si Juan Porter se lo preguntaba ella no tendría el más mínimo inconveniente en contárselo con pelos y señales y aún disfrutaría con ello, mientras que él… Probablemente lo que la turbaba era precisamente suponer que el no podría hablar de ello. ¿Por qué?

Como ella misma podría esperar de su propio carácter, fue a conocer a Josep Alier quien, por otra parte mostró un insólito interés en hablar con alguien del joven Juan Porter, como si se tratara de un libro que no llegó a terminar antes de extraviarlo por alguna parte, y ella le brindaba la ocasión de reencontrarlo para concluir su lectura.

La recibió en su pequeño pero comodísimo estudio de la parte alta de la Diagonal que gozaba de una magnifica perspectiva de la ciudad. Antes de pasar al asunto hubo como es natural una serie de ceremoniales, como ofrecerle café, hablar de la amistad con su padre, de los viejos tiempos, etc., etc., y, como también era de esperar, Marta tuvo que apremiarle.

– Ah, sí… Sí, claro. Es uno de los casos más interesantes que he tenido. Le aseguro que nunca creí que llegara donde ha llegado, ni siquiera que sobreviviera a su manía autodestructiva que yo tuve la fortuna de neutralizar en aquella época. – El viejo doctor tomó aliento, un sorbo de café y continuó con algo que iba a sorprender a Marta tanto como todo lo que oiría a continuación: – Su intento de suicidio ocurrió a les seis meses de casado… – Marta iba a interrumpir pero no le dio tiempo. – o mejor dicho, después de divorciarse a los seis meses de casado. – Y como viera que la expresión de Marta dibujaba la más atónita de las sorpresas, preguntó – ¿No sabía usted que estuvo casado? – Marta no llegó a abrir la boca. – Bueno, nadie lo sabe. Aquello se mantuvo en secreto, incluso más por parte de la familia de ella que por la de él. Y se ha mantenido así, por eso todo el mundo cree que Juan Porter nunca se casó, aunque a decir verdad aquello no debió nunca llamarse matrimonio, ni tampoco se llamó en realidad. – El hombre tuvo piedad de su visitante y fue más veloz en relevar el porque de aquellas extrañas aseveraciones. – Señorita, la cosa es muy simple, demasiado simple: El matrimonio nunca se consumó… – Iba a continuar con más detalles, pero Marta logró saltar de su asiento, por lo menos verbalmente.

– ¿Cuántos matrimonios hay que no se consuman, doctor, y siguen viviendo juntos toda una vida? ¿Por qué intentó suicidarse?

– Ah, sí. Sí… – lanzó un largo resoplido. – Usted habrá notado que Juan Porter es una persona de inteligencia excepcional, pero tal vez no haya llagado a saber hasta qué punto su intuición es mucho más poderosa aún, para bien o para mal. Muchas veces lo es para mal, porque la gente vive mejor si no accede a ciertos grados de percepción…

– ¿Porqué, doctor?

– Bueno, no sé por dónde empezar… Vamos a ver si por ahí… De pequeño había tenido visiones. Nosotros lo llamamos simplemente trastornos de la memoria permanente o flashes retrospectivos a memorias virtuales producidos por traumas de la infancia, generalmente de origen y contenido sexual, porque la ciencia no cree en estas cosas, pero hay que admitir que la gente que las padece sí lo cree. Bien, Juan Porter padeció de pequeño extrañas visiones que él atribuyó a vidas pasadas, a una especie de maldición o lo que fuera de una vida anterior… Verá, señorita, yo en eso no me meto, pero lo cierto es que a Juan Porter siempre le atormentó. Tenía una especie de paranoia con la sexualidad femenina en la que él se culpaba de haber sido un violador en una vida pasada… Bueno, todo esto, ya ve que no tiene sentido…

– Siga por favor. – suplicó Marta.

– Yo lo diagnostiqué como un típico complejo de Edipo no resuelto como el que hemos padecido todos… ejem… por el que él se culpaba de sus propios deseos y se sentía extremadamente sucio simplemente por desear a una mujer.

– Le sorprendería, doctor, la cantidad de hombres que me he… con semejante cuadro clínico… ¿Tan fuerte era que al no poder consumar el matrimonio…? No tiene sentido en un hombre como él.

– Bueno, claro, hay más. – se aclaró la voz – En aquellos seis meses de suplicio… pobre chico… llegó a convencerse de que jamás conseguiría amar a una mujer, que le estaba absolutamente prohibido. Bueno, como usted comprenderá ese matrimonio no fue su primera experiencia. Hubo otras naturalmente. También hay que tener en cuenta que no le operaron de fimosis hasta los 22 años después de la cual él creyó que ya podría realizar la penetración. Pero todas las experiencias que pudo tener lo fueron tan desgraciadas que en él se le instaló, vida pasadas aparte, un tremendo complejo de castración, y un buen día, cuando ya tuvo los papeles del divorcio y el silencio de la otra familia garantizados, quiso terminar definitivamente con aquel complejo. Afortunadamente no pudo, lo encontró su madre, que fue a su casa inesperadamente, en la bañera y lo hospitalizaron antes de que terminara de desangrarse. Para decirlo de forma gráfica, señorita, y perdone que lo sea…

– ¡Siga!

– Juan Porter tenía la manía de pensar que nunca podría penetrar a una mujer y que el conducto vaginal siempre permanecería cerrado para él, como consecuencia de sus excesos y violencia en una vida anterior.

– Bien, no creo que aún deba pensar eso…

Cayó un suave silencio entre ambos, como el que ocurre en las praderas momentos antes de que se descargue la tormenta. En apariencia todo parecía tener una lógica, un joven desesperado y demasiado lucido o cuyo cerebro imaginaba mucho más de lo razonable. Marta ya iba a conformarse con aquella información para no tenerla en cuenta en su investigación que además había olvidado en aras de intentar una vida en pareja, cuando le pareció que quedaba una pregunta por hacer.

– ¿Cree que aún queda algo de ese complejo, doctor?

– Eso es difícil decirlo..

– Bueno, – le interrumpió Marta que ya conocía la respuesta – Yo tampoco creo haber superado los míos del todo. Precisamente… – Pero no le explicó que ella había revivido su propio trauma a costa de la investigación sobre Juan Porter y por lo menos lo había podido mirar de frente, lo cual no necesariamente quiere decir haberlo superado, aunque dicen que es un principio.

Mientras bajaba paseando Diagonal abajo hacia el centro de la ciudad se le antojó pensar que le habría llegado el momento de pasar de ser cazadora a presa. Ella había siempre utilizado a los hombres en su provecho hasta que ya no le servían, hasta haber conocido a Juan Porter en las circunstancias tan especiales que rodearon el reencuentro con su padre, y de pronto le entró un frío polar que le encogió los huesos. Ahora sería la presa de un neurótico que iba a abandonarla cuando a él le placiera solo por el mero placer de la caza, y ella no podría hacer nada por evitarlo. Casi llegó a dejarse caer en un banco del paseo, encogida en un ovillo parecido al de las crisálidas, sintiéndose el cervatillo que no puede huir aterido por el miedo ante la presencia del depredador que va a devorarlo. Por primera vez en su vida, que ella recordara, se sentía vulnerable, desvalida, temiendo perder una relación o que esta la destruyera y el vacío emocional que eso conlleva, pero no podía moverse ni resistirse. Ese era el precio por haber permitido sentirse mujer y no poder usar las armas de mujer simplemente porque no podía usar ninguna.

Se encontró ante la puerta de la casa de su padre.

– La trama tiene que ser real. – empezó al cabo de un rato en que ambos, arrellenados en los sillones habían logrado ponerse en marcha gracias a pequeños sorbos de whisky. – Este hombre realmente planeó la ruina de los enemigos de su padre hasta provocar en la mayoría el suicidio de uno u otro modo.

– Ya te lo dije, ese hombre ideó una estrategia de arácnido para que sus víctimas se devorasen en su propia tela, la de sus víctimas. Es una trama perfecta que no tiene posibilidad de denuncia a la justicia porque no pueden haber pruebas ni indicios suficientes…

– Él dijo que sí, me lo corroboró, pero yo no creí que lo decía para desafiarme, para mostrar su poder, incluso arriesgando a que yo llevara un grabador oculto.

– ¿Lo llevabas?

– No.

– Y él sabía que no lo llevabas. Por lo que me dijo Alier ese tipo tiene un cerebro y una intuición que da miedo.

– Yo no le tengo miedo… todo lo contrario.

– Vaya. – su padre adivinó lo que Marta quiso ocultarle. – Entonces: ¿Abandonaste la investigación? Pero si estaba muy claro, su padre jamás quiso venganza, pero él tenía que vengarse de demasiadas cosas y tomó su recuerdo como excusa. Hemos leído los escritos de su padre, un torturado hombre bueno que jamás habló mal de los invasores, del ejército o la policía de Franco, a pesar de que lo destruyeron por completo, tanto a él como persona como a sus ideales que fue lo que más le dolió. Pero en ninguna parte hemos leído algo más vengativo que lo que podríamos leer en el Mahatma Gandhi. Era el hijo el que necesitaba vengarse por sus propias afrentas recibidas, no por su padre, ni siquiera por el alcoholismo que terminó con su vida. ¿Has investigado su juventud? Probablemente fue un desastre en deportes y se sintió como el patito feo en una familia de olímpicos. Alguien con demasiada imaginación para someterse a la disciplina de los entrenamientos. Como ocurre frecuentemente, el famoso financiero necesitaba vengarse de otra cosa, que no es otra que de sus propias frustraciones… – ¿Qué vas a hacer? – preguntó interrumpiendo su discurso al ver que el rostro de su hija se iba haciendo de mármol. – Dime, Marta, ¿Qué te ocurre? Ya sabes que puedes contarme lo que sea, yo soy tú.

Unos ojos vacíos dentro de hermosas cuencas en aquel mármol romano finamente tallado se volvieron muy lentamente hacia él, y no lograron escapar a la calidez que desprendían, una emoción que había sido incondicional desde el primer día, 30 años atrás. Y una gota de esa emoción transmitida por el aire, cementerio y biblioteca de la historia escrita por las emociones, llegó inexorablemente y dio brillo a esos ojos, para permitir que el ser pudiera recuperar su naturaleza carnal. Marta por fin se había entregado a un hombre, ¿por qué no podía confiar en el que la amó desde que emitiera su primer suspiro?

– Él me lo ha confesado todo, papa… – empezó balbuceando – Pero yo le he dicho que no le creía, que era solo imaginaciones suyas, eso sí, producidas por la venganza… Para él ha sido un desafío más. Una mujer más a la que vencer con sus mismas armas. Papá… – Añadió ya con toda su emoción – no es por la violencia que un hombre nos vence. Todo lo contrario. Un violador, un maltratador consiguen solo el cuerpo, como pueden conseguir una muñeca erótica, pero eso es porque este tipo de hombres están castrados, no son hombres, son bestias neuróticas. El hombre que nos vence ha de ser muy hombre para conseguir nuestra alma… – se le quebró la voz – Y la consigue…

– Niña… En esta jungla no hay vencedores ni vencidos. El hombre que ha de vivir sobreviviendo a las mujeres que se encuentra por el camino es un gran derrotado, porque todos hemos de sobrevivir a algo, especialmente a la mujer… hasta que entendemos que la puerta, la luz está en otro lado: No se trata de sobrevivir sino de fundirse. El fuego no aspira a permanecer y el Yang es el fuego. Quien ha de permanecer es el Yin, la tierra, el femenino. El masculino ha de fecundar, calentar, quemar si es preciso, pero después de ello ha de transformarse en otra cosa, energía tal vez, o lo que sea. Pero el hombre que se obsesiona en permanecer, en conservarse, en escatimar su capacidad de amar para no gastarse, ese hombre va encerrándose en su propia cárcel y terminará convertido en estatua de piedra, en lugar de convertirse en un pájaro del paraíso o del manto de energía que alimenta a un pueblo.

– Sigue…

– No hay mucho más. Yo también he pasado esa etapa de tener que sobrevivir a la mujer, primero mi madre, después tu madre, después fueron otras, y así hubiera sido indefinidamente hasta que me planté y me dije basta, contra más huyes la sombra te sigue, y es la sombra de mi propio lado femenino. Cuando entendí eso un buen día apareció Vivianne salida de las brumas de algún lugar precioso del Norte de Irlanda.

– Papá… ¿Puedo ser tu hija?

Horas más tarde Vivianne, que regresaba de dar un paseo, después de haber comprado el periódico en el que los titulares anunciaban que Ramalho Eanes había sido elegido Presidente de Portugal, los encontró abrazados en aquel mismo sillón, Marta aún con el abrigo puesto, inmóviles, y se sentó a sus pies a contemplarlos.

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