CAPÍTULO 6

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Al entrar en casa Marta encontró un mensaje de Lucila que le preguntaba como iban sus pesquisas y si ya tenía resultados. Se encontró con el mundo tan de golpe que necesitó ir al baño a refrescarse la cara, y al volver su padre por la mañana le dijo que tenían que ponerse en marcha con lo que tuvieran porque iba en ello la paga. Pero esas premuras no consiguieron eclipsar que algo sustancial había cambiado entre ellos, porque se permitió abrazarlo con calma y saborear lo que estaba sintiendo. Preparó el café y lanzó:

– ¿Qué te parece? ¿Por dónde podemos empezar a meterle mano a esto?
– Por la quiebra de Julian Robert, el “patriarca”.
– ¿Por qué?
– Fíjate, es el que ha tardado más en caer y en cuya desgracia es más difícil de seguir una posible maquinación. Si estás buscando a alguien detrás del derrumbe de un imperio financiero, ese puede ser un buen principio para averiguar como lo ha hecho. Ya sé que un superclase como Juan Porter puede tener muchos métodos y muchas formas de hacer, pero en el fondo todo se reduce a descubrir la estrategia. Todas las guerras, el hundimiento de los imperios, la caída en desgracia de las grandes fortunas tienen elementos en común. No los tienen todos, pero sí alguno de ellos, tanto en los declives y caídas de los imperios como de los clanes, como de las familias. Solo hay que ver por encima de las apariencias.
– ¿Por ejemplo?
– Todo apuntaba a que el clan Robert era como una de esas familias de la mafia que parecen una roca indestructible, pero que empiezan a desmoronarse por un pequeño acontecimiento. Una gran roca se puede desmoronar en pedazos por un poco de agua de lluvia que haya entrado en una grieta estructural, que al helarse y aumentar su volumen la fuerce a expandir y provoque una rotura generalizada. ¿Sí?
– Te sigo, adelante.
– El clan Robert, como todas las familias de abolengo, se basa en la obra de un patriarca. Los demás siguen sus pasos y se aprovechan de su genialidad y poder personal. Las familias pueden hundirse de la noche a la mañana porque basan su riqueza en coyunturas económicas que cambian en períodos cortos de tiempo, como la industria textil catalana o la de los curtidos que se están hundiendo porque las condiciones de mercado cambian, específicamente el fuerte aumento de costes de mano de obra que hace desplazar las fábricas a Marruecos o Pakistán. Pero el desplazar una fábrica a otro país no tiene porque ser la ruina familiar sino la de los trabajadores de sus fábricas, porque dinero llama a dinero y este no conoce fronteras. Lo que has de fijarte es qué elemento hace romper el poder personal, no el patrimonio y la riqueza en especie, sino el personal, la capacidad de generar riqueza de una persona sean cual sean las circunstancias. Y la variación de esa capacidad solo se mide en términos de motivación personal. Marta: estamos ante poderosos a los que algo les hirió encontrando su parte más sensible; alguien les disparó en su Talón de Aquiles. Es la estrategia política de los ingleses en sus guerras coloniales: infiltración y descubrimiento de sus miembros débiles, para corromperlos en su provecho. No se trató solo de campañas utilizando la fuerza bruta o el arrojo personal como la conquista de los españoles o el método de la sistemática militar de los alemanes, se trató, y sigue siendo así, de una estrategia muy sutil y desde la retaguardia, para que parezca que el enemigo se ha derrotado él mismo. Y por ello hay que seguir el hilo de la historia personal de esos poderosos, la mayoría de los cuales su mismo poder hizo creer que nada podía destruirles. Es un clásico, un hecho repetitivo, desde César a Napoleón, Hitler o quien quieras. Las guerras las gana el espionaje y la traición. Todos los emperadores han tenido su traidor, aunque a veces haya sido específicamente su propio orgullo.
– Alfonso… el “play boy”…
– Podría ser, pero cuidado, el investigador nunca ha de dar por cerrado un caso ni pensar que su asesino es único, pueden haber más y los móviles pueden están muy ramificados. Los abolicionistas de la pena de muerte se basan en el fondo en esto: Aparte de la posibilidad de equivocarnos en el veredicto, probablemente el asesino puede no ser el único o que sea solo el brazo ejecutor de algo o alguien muy poderoso que le empujó encubiertamente a realizar su crimen. Por eso la policía resuelve en realidad pocos casos. En general lo que se hace es encontrar a un culpable que llevar ante la justicia y creer que ya ha cumplido con su deber, pero la trama esta lejos de desentrañarse. ¿Realmente Bruto fue el instigador de la muerte de Cesar? ¿Quién traicionó en realidad a Napoleón, solamente su orgullo desmedido, sus desengaños amorosos que le impulsaron a conquistar pueblos al no poder conquistar a sus mujeres?
– Pues… – trató de responder Marta – Alfonso dinamitó lo más precioso para la familia Robert. No su moral ni su prestigio como gente de alcurnia, porque la historia de la aristocracia está escrita a golpe de escándalos, sino su inteligencia… Claro, ya veo. Lo que hundió al patriarca Julián fue que sus hermanos uno a uno fueron apareciendo como ineptos en las finanzas, estúpidos, colegiales a la hora de manipular el dinero. Alfonso fue solo la etiqueta, el cascabel, el que hizo ruido, pero lo crucial del caso es que fue eso: la etiqueta con la que iban marcándose los demás hermanos y miembros de la familia. Sus errores de bulto… Y esa revelación pudo haberla precipitado alguien desde fuera que supo convencerles para incurrir en sus más burdos errores. ¿Es eso?
– Eso parece.
– ¿Es eso o no? Parece, parece… ¿Si o no?
– Nunca podemos estar seguros de nada, ese también es un error de bulto provocado por el orgullo y la prisa por demostrarlo. Lo único en lo que podemos basarnos en cualquier cosa que persigamos en este mundo es lo que vayamos descubriendo sobre el terreno, nunca en las especulaciones. Lo que yo haría es seguir esa pista, a ver a donde nos conduce. Tu misma señalaste que a Alfonso alguien “lo ayudó” milagrosamente. ¿Un buen samaritano? ¿Juan Porter salvando de la ruina a un disoluto niño bien en una operación financiera más que dudosa? ¿Por qué iba un frío y calculador mago de las finanzas poner dinero en una fábrica cuyo mejor destino era venderla por partes? ¿Verdad que no tiene sentido como operación financiera? Entonces, ¿qué era Juan Porter para la familia Robert? ¿Alguien muy allegado desde tiempo inmemorial, un amigo íntimo de Alfonso…? Parece que apenas se conocían, no hay ningún vínculo familiar. ¿Solo porque su padre era antiguo amigo de Alfonso? ¿Amigos o colegas, meros compañeros de equipo? ¿Por qué iba el hijo de un compañero de equipo a apostar su fortuna para evitar su quiebra financiera, sobre todo ante la posibilidad de que supiera que sus padres no fueron precisamente amigos, sino todo lo contrario? ¿Y si supiera que fue Robert quien denunció a su padre a la policía de Franco?
– Entonces seguro que se emplearía a fondo para que siguiera malgastando su fortuna y haciendo alarde de ello hasta su ruina…
– Eso es, escenificándola públicamente. Y eso es lo esencial. Porter escogió muy cuidadosamente el eslabón débil de la cadena e hizo lo que hace un estratega, esperar el momento y estar atento. Hay tipos a los que un solo empujoncito basta para hacerles rodar montaña abajo, y ese es Alfonso Robert, y eso lo supo ver muy bien Juan Porter…
– Que espera el momento de asistir a su sepelio para regocijarse en memoria de su padre. – terminó Marta.
– Ese es otro punto interesante.
– ¿Cuál?
– Los motivos. La venganza.
– ¿Qué quieres decir?
– Pues, ¿de qué venganza estamos hablando, Marta? Ya sé, ya sé, a Juan Porter padre le quitaron lo que era suyo, lo traicionaron, lo denunciaron…
– ¿Y…?
– Bueno, pues que a lo mejor tendrías que revisar eso, porque puede resultar que simplemente no tuvo arrestos para batallar en aquellas aguas turbulentas de la posguerra o no quiso, y no hubo tal venganza por su parte…
– ¡Por favor, qué dices! ¡Lo hundieron entre todos! No le dieron ninguna oportunidad.
– Solo era un comentario acerca de lo compleja que puede ser la verdad de las cosas, pero estoy seguro de que terminarás descubriéndola.
– Sí, pero, incluso admitiéndolo, la pista Robert nos lleva solo a la muerte de tres, máximo cuatro de los componentes… Ya, claro; es lo que dices: Con estos casos exploro la forma de actuar, y una vez logre entender su estrategia podré abordar los otros.

Aquella misma tarde Marta llamó a Lucila para decirle que estaba completando el rompecabezas y que necesitaba más información confidencial de la familia con respeto de sus relaciones con los Porter y con los demás miembros del equipo olímpico durante los años 50 y 60, porque ya podía empezar a moverse para acosar la pieza. “¿Estás segura?”, le preguntó su amiga, “de que ya puedes enseñar las orejas”. “No pretendo enseñarlas del todo”, le respondió, “pero si sacudir un poco el terrero para ver qué sale, es decir, sobre qué cosas nuestro Maquiavelo se pone en guardia”.

Y para empezar a mover piezas se le ocurrió jugar el mismo papel que con Alfonso Robert. Una semana más tarde la secretaria personal de Juan Porter recibía la propuesta de la conocida editorial “Orbe Deportivo”, para la que Marta colaboraba de tanto en tanto, de realizar una entrevista a su jefe para completar un libro que estaba escribiendo sobre los deportistas olímpicos de Cataluña, de cuyo conjunto su padre era un destacado exponente. Les dijo a la editorial que tenía este proyecto y obviamente no pusieron reparo en enviar esa carta. Dos o tres días más tarde Marta recibía la llamada de la secretaria queriendo indagar un poco más sobre el asunto, “porque el Sr. Porter no dispone de mucho tiempo”. Marta debía adelantarse a la posibilidad de que Juan Porter pudiera haberse enterado de su visita a Alfonso Robert. Le dijo a la señora, que hablaba de forma sorprendentemente mecánica al otro lado del teléfono, que tenía abundantes notas sobre los nadadores de la posguerra, pero que todo eran lagunas (naturalmente) en lo relativo a las primeras olimpiadas en las que participaron equipos españoles, y como que la figura del padre del Sr. Porter aparecía en todos los periódicos de la época, pensaba que los comentarios de su hijo sobre la figura de su padre podían enriquecer el texto. La secretaria respondió escuetamente que había tomado nota y que ya se pondría en contacto con ella. Marta se dijo que la respuesta no llegaría jamás, pero se equivocó. Cuatro días después, cuando ya no pensaba en poder concertar aquella cita de forma frontal y empezaba a estudiar la manera de encontrar una “puerta trasera” recibió la llamada de una voz distinta, más “humana”, proponiéndole la entrevista para la semana siguiente, en el despacho de la sede central de la organización en el Paseo de Gracia. Debía alegrarse, sentirse satisfecha de que a la primera pudiera medirse con el enigmático gran hombre, pero no lo estaba. Algo agitaba su aguda intuición para anunciarle un peligro con el que ella no había contado hasta aquel momento y que por supuesto no podía siquiera imaginar. Era como una sombra, naturalmente, pero dentro de sí misma, no en el exterior, como uno suele esperar (por supuesto equivocadamente) que se encuentre su enemigo. No iba a echarse atrás y acudió a la cita en aquella soleada y hermosa mañana de Mayo barcelonés. Estaba acostumbrada a entrar en cualquier parte, desde ostentosos palacios hasta criptas de ceremoniales vudú, y a pesar de aquella súbita inquietud la permitía permanecer en guardia, al encontrarse cara a cara con Juan Porter, esperándola en la salita de reuniones contigua a su regio despacho, le pareció como si fuera la primera vez que lo veía.

Durante la espera ojeó en el periódico: “Encuentran a Ulrike Meinhof ahorcada en la celda”. Marta se dijo que aquello era el fin de la lucha armada de los anarquistas europeos. Ella había estado coqueteando tanto con el grupo Baader-Meinhof como con las Brigatte Rosse, pero enseguida se distanció de esa metodología, porque su anarquismo libertario tenía muy claro que la lucha armada no era más que alimento a la máquina del poder. Su padre la había iniciado tanto en las lecturas de Bakunin y Proudhon como de Gandhi, y por supuesto no le cabía ninguna duda de que la metodología de este último daba mejores resultados en el ataque frontal a las democracias occidentales. Otra cosa eran las dictaduras iberoamericanas y la vieja cuestión de que en la Alemania de Hitler, Gandhi no hubiera durado ni dos días. Y para ella había otra cuestión fundamental que iba con su carácter, toda acción violenta, además de violencia, genera servidumbres, que ella no estaba dispuesta a tolerar.

La secretaria esperó de pie en la puerta a que su jefe dijera sin entonación:

– ¿Puedo ofrecerle algo, un café, te, agua…?
– Café me iría bien, gracias.

Ambos se sentaron y Marta tuvo que ir en busca de todos sus resortes para vencer la muralla de silencio que amenazaba con interponerse entre ella y un hombre de 50 años recién cumplidos, de facciones regulares, más bien delicadas en una tez fina y sonrosada, como si no se correspondiesen con lo que ella esperaba de un astuto vengador que calcula minuciosamente la manera en que sus victimas terminarán por sí mismas con su propia vida. Había leído en alguna parte que entrada la plena madurez un individuo refleja en su físico los tormentos de su alma, pero aquel hombre parecía no reflejar las angustias que martirizan a un vengador. Sin embargo su mirada era difícil de aguantar, incluso para Marta.

– Supongo – empezó Marta porque el silencio amenazaba con alargarse demasiado – que su secretaria le habrá puesto al corriente… – se cortó por lo ridículo de su frase inicial, pero ya no pudo completarla.
– Claro. – Respondió Porter castigándola de entrada con unos segundos de distancia por no haber terminado su frase. Y para rematar añadió con el tono glacial que ella esperaba: – ¿Qué quiere saber?
– Pues, eh…, bueno en general necesito describir, siempre que sea posible. el ambiente entre los deportistas de aquellos años de las primeras olimpiadas. – Ya antes de terminar su entorpecida introducción, y a pesar de ella, pudo adivinar que aquel hombre abrigaba un cierto interés por la entrevista. Acogió aquella salida con una leve variación en el destello de su mirada. Todo lo contrario de lo que había previsto, aquel hombre no parecía tener la intención de despacharla con un par de minutos de cortesía, sino que algo estimulaba su curiosidad. Siguió adelante: – He estado recopilando testimonios de personas que han vivido las olimpiadas de Paris de 1926, como Don Alfonso Robert. – un leve matiz, que podía preceder, pero no lo hizo, a un rictus interpretable a modo de sonrisa indicando que ya lo sabía se paseó fugazmente por sus labios delicados. – Y pensaba que usted me podría contar anécdotas sobre su padre. – Añadió al distinguir también sus agudos sentidos otro destello en la mirada que la hacía más amplia y abría un poco las puertas de su rostro. – En realidad al lector corriente le gusta más leer sobre la vida cotidiana y costumbrista de los atletas que los tecnicismos de sus proezas. – Siguieron nuevos instantes en que Juan Porter seguía midiendo el tiempo y demostrando a un agudo interlocutor como Marte su interés por aquella entrevista, hasta que le preguntó por fin:
– ¿Qué sabe usted de mi padre?

Marta creyó que sería mucho más efectivo en un hombre de su intuición y habiendo detectado aquel destello de curiosidad por la entrevista, no andarse por las ramas y abordar el núcleo sin rodeos.

– Su padre es de los pocos, tal vez el único que yo sepa, que no ha tenido nada que ver con el deporte después de la guerra…
– No es del todo cierto. – Interrumpió Porter poniendo al descubierto un evidente interés por hacer saltar las cargas explosivas que quien fuera hubiera colocado en los puentes hacía la verdad. – Hasta 1954 estuvo entrenando nadadores en clubes de segunda. Aunque esto fue después de que pudiera retornar del exilio cinco años antes. Fue después de esa fecha que ya no tuvo ningún contacto con la docencia. – Marta sintió como sus defensas habían sido voladas con un solo cañonazo, y que no iba a ser el único, porque el hombre se reclinó un poco en el asiento, solo un poco, Juan Porter era todo menos ostensible, y continuó como si quisiera resolver la batalla en el primer ataque. – Mi padre era un idealista, una reliquia de otro tiempo, de otra época. Era un ser puro, y como tal inadaptable a los cambios de situación. Simplemente no quiso, o no pudo, tener ningún contacto con la gente del nuevo régimen en materia de deporte. El deporte era su religión para él y por tanto territorio sagrado, y por tanto no podía ser profanado por las horas del Movimiento Nacional.

Marta se dio cuenta que él dejó que se instalaran unos segundos de silencio entre ambos para solazarse con el impacto que sus palabras indefectiblemente tenían que producir incluso en una periodista que no ocultaba su muy avezada catadura de entrevistar a los más déspotas y sanguinarios dictadores, aquella sencilla y directa revelación, que, además no tenía el aire de dar por zanjada la cuestión sino todo lo contrario, dar paso a una lucha de igual a igual en campo abierto, por pura e inesperada diversión, y le estaba invitando a hacerlo. Y Marta supo también que había aceptado el reto y que ya nada sería lo mismo después. Marta era por encima de todo una guerrera, había vencido, muy a su pesar, a su propio padre mucho tiempo atrás, y por lo tanto seguía buscándolo. Antes de contestar se llevó la taza de café a los labios y sorbió apenas unas gotas para concentrarse.

– Así era su padre, ¿verdad? – empezó.
– Eso es.

Un tiempo muerto en el que los dos guerreros miden sus fuerzas. Tiempo de pasos largos en los que tratan de estudiar la capacidad de concentración del otro. Marta, como todo buen luchador intentaba meterse en la piel de su enemigo como la única posibilidad para vencerle.

– Admiraba mucho a su padre, ¿verdad?
– Sí… – Marta se dijo que él estaría pensando “No está mal, pero puedes hacerlo mejor. A ver cuál es tu siguiente movimiento”.
– ¿Le importa que ponga eso en mi artículo?
– ¿El qué? ¿Qué un hijo siga admirando a su padre 10 años después de muerto? Bueno, si cree que eso es noticia. En realidad ponga usted lo que quiera, no voy a pedirle examinar su artículo antes de publicarlo ni voy a demandarle por lo que publique. Me da igual.

Estaba haciendo alarde de sus armas y su poder, pensó Marta, pero ella tampoco era una colegiala, siguió pensando y después de dar otro sorbo al café, aunque ya no le hacía falta respondió.

– Me gustaría enseñarle el artículo antes de su publicación, como muestra de gratitud – “La grandeza se mide por la capacidad de gratitud”, se dijo Marta mientras escudriñaba la reacción en Porter, dicho de otro modo “Me tiene sin cuidado tu reacción, voy a publicar lo que me dé la gana y además lo haré después de habértelo enseñado”, y se complació de comprobar que había acusado el golpe, porque extendió décimas de milímetro la curva de sus labios hasta llegar a lo que podría interpretarse como una leve sonrisa.
– Como quiera. – lo que venía a traducirse por “Lo hago por placer y sea lo que sea que publiques puedo utilizarlo si quiero contra ti”. Pero continuó: – Sí, yo admiraba a mi padre. Y lo admiraba por dos motivos, porque era un hombre íntegro y por que representaba una forma de vida ya extinguida. Más que profesor era Maestro. – Se detuvo para retarla.
– Sé lo que eso quiere decir, señor Porter. – repuso Marta. – Lo cual me permite hablar de paso de lo que significa ser un Maestro, con mayúscula. Se sorprendería usted de lo avanzados que son muchos lectores.
– ¿Muchos?
– Mas de los que supone.
– Le habrán dicho – Dio el tema por zanjado, no daba para más, por lo menos en aquella ocasión – que a mi padre lo traicionaron sus amigos, ¿me equivoco?
– ¿Cómo? – esa estocada la cogió a contrapié. Decir que no sabía nada de esas traiciones habría sido infantil, y lo contrario la ponía demasiado a tiro, pero siguió aceptando el reto. – Algo he oído.
– ¿Y qué opina? – Marta había esquivado de momento el golpe, porque aquella pregunta era solo una salida al error de Porter de creer que Marta hubiera tratado de zafarse por lo fácil.
– ¿Qué opino? – Volvía a recuperar el dominio – Pues no sé que puedo opinar. ¿Lo traicionaron? – disparó directamente.

Juan Porter se relajó, enseñando, no sin placer, que había sido tocado. Se levantó haciendo ademán de ir a su despacho.

– ¿Fuma usted?
– Claro.
– ¿Puros?
– ¿Por qué no?

El hombre le dedicó una larga mirada que podía contener cualquier cosa menos indiferencia o desinterés. Volvió con una caja de “Gener” hechos a mano recién traídos de Cuba y se la tendió abierta. Ella escogió uno, lo olió, hizo crujir entre sus dedos y siguió disparando a dar:

– ¿Me lo puede encender? No tengo mucha práctica y seguro que si yo lo enciendo no quemará bien.
– Con mucho gusto.

Juan Porter no se sentó, se tomó su tiempo en cortar, chamuscar un amplio anillo en la punta, dio una suave bocanada con la punta de los labios hasta que le pareció bien encendido y se lo tendió diciendo.

– Le aseguro que me gustaría seguir con esta entrevista, pero no puedo, he de entrar en una reunión. ¿Puedo proponerle cenar?
– Caramba, claro, no lo esperaba, por supuesto. – A veces la espontaneidad es la mejor arma en la mayoría de las lides.
– ¿Mañana por la noche, a las 9?
– De acuerdo.
– La pasaran a buscar a su domicilio. Mi secretaria tomará nota de la dirección, y ahora si me disculpa…

Marta paseó hasta mucho después de haber tirado el medio puro que ya no le apetecía terminar. No sabía interpretar muy bien si aquello había sido un combate a espada a la manera de los antiguos maestros samurai u otra cosa, pero se dijo que toda aquella historia parecía hecha a la medida de sus facultades por primera vez en su vida. A sabiendas o no se encontró llamando a la puerta de la vivienda de otro hombre, su padre, su primer hombre.

– ¡Marta, qué alegría, pasa!

Lo abrazó dulcemente sin decir nada y entró en el comedor. Vivianne se la quedó mirando hasta que ella se le acercó y la abrazó también. Luego suspiró y dijo como hacia un nutrido auditorio:

– Bueno, ¿quién me invita a un whisky?

Los dos atónitos ocupantes de aquel sencillo apartamento reaccionaron y fueron ambos a la cocina a traer vasos, hielo y una botella. Marta cogió de la mano a Vivianne para invitarla a quedarse también en la sala.

– Bueno, ¿qué? – empezó su padre después del primer sorbo.
– Muy interesante. – soltó su hija antes de dejarle terminar – Parece que le divierte que yo esté al corriente de casi todo esto.
– ¿Es un reto?
– Eso parece… Me ha invitado a cenar para continuar hablando.
– ¡Caramba! – Su padre levantó el vaso en señal de brindis, pero Marta lo hizo con menos convicción, presa de aquella inquietud que la embargaba. – ¿Qué ocurre?
– No lo sé, papá. No lo sé. – respondió al cabo de unos instantes y se concedió otros para continuar. – Me siento delante de algo distinto a lo que estoy acostumbrada… o preparada.

Su padre no la interrumpió, pero ella no lograba salir de algún encierro en su mente o en sus emociones. Más bien, tal vez, lo segundo. Ni siquiera bebió más de dos sorbos, ni buscó la salida para mirar hacia el otro lado de la ventana. Simplemente se sentía parada en medio de alguna parte sin nombre, en todo caso esperando a que algo se moviera. Y se movió. Padre e hija escucharon la voz de Vivianne, la gentil ninfa que, según él, había surgido de las brumas del Norte de Irlanda, murmuró algo parecido a:

– ¿Preparo algo de cena? ¿Sí? – lo último dicho cuando cruzaba la puerta de la cocina, sin esperar alguna respuesta ni interrumpir un ápice el ensimismamiento de ambos. Solo al cabo de otros instantes más el padre de Marta se giró:
– ¿Eh? Sí, claro, lo que quieras. – Y volviéndose hacia su hija – ¿Quieres quedarte a dormir aquí? – La habitación oyó como los labios de Marta se despegaban para responder:
– Te lo agradecería, papá.
– Esta es tu casa.

Marta levantó la cabeza hacia su padre. Dos sonrisas infinitamente dulces se elevaron por el aire entrelazándose como las volutas de un caduceo de cristal incorpóreo. Se levantó despacio y fue a sentarse al lado de su padre acurrucándose en su pecho mientras él la rodeaba los hombros y se quedaron hechos un ovillo.

Vivianne asomó sus transparentes ojos azules llevando una bandeja con cosas sencillas que comer, pero se detuvo sonriendo como lo hacen esos ángeles que surgen del otro lado de las brumas del Norte de Irlanda, más allá de los profundos acantilados mar adentro. Dejó la bandeja y se quedó quieta disfrutando de la escena. Padre e hija no se movieron hasta muy entrada la noche en que ella se dio cuenta de que se había quedado dormida y miró enseguida el reloj, luego a su padre con sorpresa. Las sonrisas cómplices volvieron a escribir las historias verdaderas en el aire. Marta dejó caer nuevamente su cabeza en el pecho de su padre y la noche continuó su camino después de aquella breve interrupción.

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