CAPÍTULO 3

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Marta montó un panel de corcho en la pared de su estudio y fue pegando sus notas y las fotografías de lo que iba obteniendo sobre la vida de los 10 famosos nadadores. Y una evidencia que empezó a aparecer desde el principio de su investigación saltó en aquel momento como una molesta alimaña encaramándose al tablón para quedársela mirando con una horrible sonrisa burlona: Todos aquellos hombres habían muerto por causas perfectamente naturales; no había caso, no había asesino, solo la vaga suposición de que alguien provocó su declive económico y su quiebra de prestigio hasta provocarles el lento suicidio de enfermedades terminales, o suicidios propiamente dichos, y aquella enigmática figura presenciando los sepelios, cuya relación con ellos era de parentesco con uno de ellos probablemente era solo eso: una enigmática figura presenciando los sepelios.

-¿Y eso no te parece sospechoso, amiga mía? – se dijo en voz alta gritando hacia las fotos, pero inmediatamente una espesa pared de alambrada de espinos se colocó delante de ella como si quisiera proteger aquel animal burlón: – ¿Sospechoso de qué? ¿De las debilidades de un “Play Boy” de casa bien? ¿Es eso todo lo que vas a investigar? ¿Ya te estas aburriendo? Solo has hablado con el único que sigue vivo. ¿Y los demás? ¿Tienes miedo de no poder descubrir nada de los otros? Tu nunca has temido hablar con los muertos, ¿qué té pasa ahora? – siguió preguntándose en voz bien alta y clara.

Lo que le estaba ocurriendo era que poco a poco en el proceso iba apareciendo una dificultad adicional, no en forma de monstruo de tablón sino de grueso telón que debía descorrer para poder ver el interior del escenario. Aquellos procesos de erosión y declive de fortunas familiares solo podía estudiarlas con la ayuda de un experto contable o un economista de empresa avezado en maquinaciones financieras de altos vuelos. Repasó mentalmente quién podía ayudarla. Anotó algunos nombres y buscó en sus agendas de teléfonos, los anotó también. Descartó unos, escribió otros. Fue a la cocina, se sirvió otro café. Tiró el paquete de cigarrillos vacío, salió a la calle a comprar. Dio algunas vueltas a la manzana, luego a lo largo de la avenida, y se iba dando cuenta de que era incapaz de pronunciar el nombre de quien mejor podía ayudarla a detectar anomalías en aquellas defenestraciones de patrimonio. Siguió dando vueltas y vueltas alrededor de ese nombre hasta que por fin, reconfortada por el esfuerzo físico se dejó sentar en uno de los bancos del paseo, para que por fin volviera a expresarse en voz alta:

-¡Está bien, joder, está bien! Tendré que ir a verte. ¿Cuantos años hace desde que nos vimos por última vez? ¿Cuántos años hace desde que le escribiste aquella famosa carta? … hmm!… ¡Joder!.

Volvió a su estudio. Lo primero que debía hacer era averiguar su paradero. Tenía entendido que se había vuelto a casar, pero ignoraba si volvió a divorciarse o si vivía solo o con otra mujer, aunque a ella eso no le importaba. ¿O sí? No, a ella eso no podía importarle, ¿por qué iba a importarle? ¿Por donde buscar? Su madre por supuesto no podía servirle de ninguna ayuda sino todo lo contrario; solo recibiría de ella sapos y culebras en forma de palabras entrecortadas por una emoción que no iba a desencadenarla mientras viviera. Y como que ella también había tirado o quemado todos sus recuerdos, cartas, direcciones, fotos, etc., necesitaba pensar en quién podía saber algo de él. “Ah… pues muy sencillo, señora, muy sencillo, seguro que tu hermano, amiga mía,” siguió diciéndose, pero ya sin levantar la voz, “sigue viéndole. Solo tienes que llamarle y preguntar. ¿Vas a hacerlo? … ¡Qué remedio, mierda!”.

Pero necesitó tres largos días de revolverse contra sus propias emociones después de que su hermano le diera sin problema alguno las señas de su padre, y sortear un montón de excusas  para verse con ánimo suficiente como para marcar aquel número de teléfono, como por ejemplo que había previsto viajar a Paris para cubrir aquel 13 de Marzo de 1976 la  Constitución de la Coordinadora Democrática, que aglutinaba la Junta y la Plataforma, o que si decidía no viajar a París, en dos días se iniciaba el XXX congreso de la UGT, el primero que se celebra en España después de la república y que había prometido a sus correligionarios del movimiento trotskista que iría a escribir unas notas, y etc. y etc. La voz se le quedó petrificada recibir un escueto “¿Diga?”, al otro lado de donde fuera. Respiró hondo, se armó de valor y lanzó.

– ¿Papá?

 De ese otro lado del abismo las milésimas de segundo seguían llegando cargadas de silencio y sobras de tiempos olvidados, luego un ligero carraspeo para aclarar a toda prisa la voz y los pensamientos, y:

– ¿Marta?

-Sí, soy yo…

-¡Vaya!… ¡Qué sorpresa! ¿Por donde andas? – Marta agradeció a su padre no haber añadido, “¡cuánto tiempo!”, aunque pensó que ya lo soltaría tarde o temprano.

-Bien. ¿Y tú?

-Por aquí… – El abismo sin puente les estaba impidiendo contestar a las simples formalidades y lo hacían cada uno por su cuenta.

-Necesito verte. – soltó de pronto Marta, para quien los preámbulos eran mucho más insoportables que la impaciencia.

-¿Ah? Bueno, pues ya. ¿Quieres que venga…?

-Ya iré yo. ¿Vale?

-Claro. Cuando quieras… ¡Caramba que sorpresa…!

-¿Me das la dirección?

Al colgar le pareció como si un enorme edificio se desplomara sobre la mesilla del teléfono y no pudo moverse ni pensar en un buen rato. Los escombros de aquel edificio bloquearon sus sentidos, el flujo de su mente, sus músculos, la circulación. Por fin pudo permitirse un largo suspiro y éste le dio energía suficiente como para levantar la cabeza y luego estirar los brazos y piernas para desperezarse. Como habían quedado en verse al día siguiente y sabía que no podría conciliar el sueño en toda la noche llamó a un amigo suyo para proponerle ir a cenar porque iban a terminar en la cama y de ese modo la noche se eclipsaría rápidamente. No imaginó, sin embargo, que le costaría tanto abrirse a un mínimo goce sexual para convencerse de que realmente estaba haciéndolo con un hombre al que conocía y aceptaba, en lugar de sentirse literalmente violada por un delincuente del barrio chino.

Su padre había terminado viviendo en un barrio marginal de las afueras de Barcelona. Que ella supiera se había divorciado una tercera vez e ignoraba con qué mujer estaría viviendo en la actualidad o si vivía solo. No conocía el barrio. Le costó dar con el bloque de pisos. Una escalera sin ascensor ni portero electrónico. No pudo evitar que varios minutos perdidos se interpusieran entre ella y el timbre de la puerta del piso. Por fin pudo obligar a su dedo a pulsar. La puerta se abrió y dejó enmarcada a una jovencita rubia risueña con aire de extranjera, que le confirmó tal suposición al darle la bienvenida. “Hola, buenos días, ¿usted es Marta?”. Parecía inglés pero algo raro. Le dijo enseguida que su padre había ido a buscar el periódico y que lo encontraría dos bocacalles más arriba en el único quiosco del barrio, no podía perderse. “¿Vale?” Terminó en un acento muy parecido al de los pájaros en la primavera de un bosque antiguo. Marta asintió con la cabeza y echó escaleras abajo. Aquella chiquilla, se dijo, debía ser diez años menor que ella y se sorprendió un pensamiento de reprobación completamente inapropiado y retrógrado para su carácter rebelde y de psicología mejor evolucionada. Ya en la calle buscó con la vista aquel quiosco y se dirigió hacia allí, pero sin apretar el paso. Se alegró de no encontrarse de bruces con su padre, lanzó el respiro de alivio que no se permitió en el rellano del piso, tanto mejor, así podía comprobar en qué se había convertido el aspecto de aquel hombre y habituarse. Pocos días atrás había entrevistado a un viejo de su misma edad, decrépito, enfermo terminal, y de pronto le sacudió la angustia de que encontrarle en un estado lastimoso sería mucho peor que volver a verle. Respiró hondo para darse valor y bloqueó otro de los miles de pensamientos incómodos que le habían asaltado desde el momento en que pensó en volver a encontrarse con su padre: podía entrevistar como periodista al mismísimo diablo sin perder su proverbial aplomo y desapego, pero la sola mención de tener que hacerlo a su propio padre la estaba llenando de un extraño y profundo desasosiego.

De pronto lo vio y se quedó aún más paralizada; tuvo que protegerse detrás del quicio de un amplio portal. Un hombre de barba gris recortada con gusto, alto, no muy delgado, en vaqueros y cazadora negra de piel reluciente, con una calvicie que le hacía aún más atractivo, cruzaba la calle con paso ágil y seguro sin apartar la vista del periódico abierto de par en par. Lo dejó pasar y tuvo que cerrar los ojos para reponerse. En esos diez años había mejorado como los vinos de casta. Y si estos mejoran al abrigo de una acogedora cava a temperatura constante y desarrollando lo mejor de sí mismos dentro de selectas barricas de robre de Virginia, los hombres lo hacen al lado de esa especie escasa de mujeres que no han renunciado a serlo. Se sintió tan vulnerable que pensó en parar un taxi y olvidarse de aquel incómodo encuentro. Pero su proverbial carácter decidido y valiente salió a su encuentro, “¿cuándo has dejado de hacer algo por miedo, amiga mía? Joder, pero es que no me esperaba esto… Ah, ¿creías que te sería tan fácil como asistir al lecho de un moribundo implorando un poco de tu cariño por piedad? Ciertamente no abundan los hombres que a los 60 años resultan mucho más atractivos que cuando debieron serlo… ¡Joder… joder! Sí, amiga mía, no te lo han puesto fácil esta vez. Tú ya supiste que aquel día en el cementerio algo estaba dando la vuelta a tu vida. Y no puedes volverte atrás y debes resistir aún lo peor, que tu padre te muestre su cariño incondicional desde el primer momento y peor aún, que no te recrimine absolutamente nada. Ah:… Eso va a ser lo peor…”.

Cuando se dio cuenta su padre ya había entrado en el portal y presumiblemente subido escaleras arriba. Blasfemó. Le hubiera gustado encontrarse con él a solas, en la calle y no en presencia de… “esa”. Pero había tardado mucho en reaccionar, de modo que no tenía otro remedio que volver a subir aquellas humildes escaleras y llamar otra vez a aquella puerta que ya odiaba hasta la médula. Esta vez le abrió su padre con el semblante que más iba a incomodarla aún, como si fuera ayer cuando se vieron para ir al cine. Sin siquiera decir hola pero con una deslumbrante luz en su mirada de niño grande se acercó directamente a abrazarla. Desde hacía años, nada, ni siquiera los paramilitares armados hasta los dientes que la detuvieron en Puerto Mont cuando trataba de entrevistar al último de los Jefes Guerrilleros o cuando la policía la siguió hasta una reserva de los indios Mairas del Amazonas para hacer lo mismo, le habían temblado las rodillas, pero aquel abrazo incondicional, cálido, envolvente de aquel hombre corpulento cuyo olor era su propio olor lo consiguió y tuvo que sujetarse a aquellos brazos para no caer. Luego siguió el verdadero suplicio, se separó para mirarla a los ojos pero sin soltarle los hombros. Marta sabía muy bien que no iba ni siquiera a preguntarle qué era aquello tan importante para interrumpir su silencio de 10 años. Simplemente dijo lo que más temía que iba a decir y además con absoluta sinceridad:

-Estás magnífica.

Algo sustancial, sin embargo, había cambiado, notó Marta. Su mirada era directa, sin esconder su eterna y profunda admiración por ella, y persistente, sin prisas por desviarla hacia otro lado. Se diría que los años le habían otorgado el privilegio de mirar a su hija todo lo que quisiera y sin esconder el placer que eso le producía. Los papeles se habían invertido por algún inesperado capricho del destino. O porque tal vez demasiadas mujeres habían ya desfilado delante de aquellos expresivos ojos azules, fue ella la que desvió la mirada sin poder soportar el embarazo. Se volvieron a abrazar, aunque más corto. Después él la invitó a entrar.

– ¿Café, whisky, vino…?

-Café.

-Pasa.

Tampoco se excusó por lo humilde de su actual vivienda y la llevó a unos sencillos pero cómodos sofás junto a la ventana que daba a la autopista y que tenían el aire de haber sido usados por los diversos inquilinos de aquella pequeña vivienda. Ella añadió a su incomodidad el comprobar la escasez de medios con que vivía su padre. Ya se lo había dicho su hermano años atrás, pero jamás le creyó. Se dijo que a lo mejor aquel hombre tampoco les había mentido tanto como siempre pensaron en la familia y que su hermano, a fin de cuentas tuvo razón en lo que iba explicando sobre cómo se había ido desprendiendo de casi todo como quien se va quitando piedras de la mochila, salvo de su capacidad de amar a una mujer. Repasó la estancia detenidamente y tropezó con cuadros y objetos que conocía de niña, y otros de épocas posteriores que por tanto eran nuevos para ella. Las paredes no estaban tan repletas de libros como había supuesto, solo los justos. Y el orden general y la limpieza sugerían inequívocamente la presencia actual de una mano femenina. Y por fin su mirada encontró en un lugar preferente de la estantería, como dioses en su altar, dos viejas fotos de ella y su hermano de niños que también conocía muy bien. Volvió él con dos tazas de café y su compañera.

-Esta es Vivianne. – La presentó como aquel explorador que muestra que en efecto el Arca del Alianza existe y que la había encontrado. – Es de Irlanda del Norte.

Ambas mujeres se besaron en las mejillas junto con breves salutaciones. Luego Vivianne sin decir más volvió a meterse en la habitación del lado.

-Bueno, ¿qué me cuentas? – inició él después de darle in sorbo a la taza.

-Uf… no sé por donde empezar.

-Tengo todo el tiempo del mundo. – Añadió para invitarla a desplazar el silencio que se había instalado de pronto en sus labios y continuar.

-Pues… últimamente me gano la vida entre el periodismo y como detective. – Se cortó de nuevo ante un nuevo brillo de admiración de su padre, pero continuó. – Y estoy en un caso que creo que me puedes ayudar.

-¡Caramba! … Dime: ¿qué puedo hacer?

Marta le puso al corriente de sus investigaciones sobre aquel rosario de caídas en desgracia y muertes miserables, revelándole que lo que tenía que descubrir era si tras aquellos descalabros de fortuna tanto monetaria como moral podía haber una misma mano ejecutora, y como la investigación presumiblemente debía recorrer laberintos financieros había acudido a él.

Se permitió unos minutos antes de contestar dejando que su hija adivinara lo sorprendido que le había dejado el motivo por el que volvía a verla después de tantos años, pero igualmente no hizo ningún comentario al respecto. Carraspeó para aclararse la garganta y encendió un purito para inspirarse en como empezar.

-Muy interesante, desde luego. Yo ya hace años que no me manejo en el mundo de las altas finanzas, pero algo recuerdo. ¿Por donde empezamos?

Marta se seguía sintiendo tan desarmada por aquella entrega incondicional de su padre que tardó en poder digerir lo que le había preguntado, a pesar de ser lo más lógico del mundo. Y a continuación se iba planteando la siguiente situación a decidir, estudiarían aquellos casos allí o en su casa. Y tal reflexión le vino a indicar que iba a pasar muchas horas con su padre si quería que la ayudara en aquel embrollo financiero. Y por lo tanto pronto le asaltó la certeza sin posibilidad de escape que tantos años de terapia de choque se habían desvanecido de golpe, y también se coló la incómoda idea de que a lo mejor no habían hecho ninguna falta. Delante de su pantalla mental se paseó el cortejo formado por las durísimas sesiones de terapia Gestalt, pero esta vez acompañadas por un incómodo vocero que seguía proclamando machaconamente que a pesar de todas ellas seguía sin entender el odio hacia su padre. Él, por su parte parecía haber superado muchas cosas; su mirada directa y tranquila hacia ella así lo estaba revelando. Y en algún momento un nudo en su interior se aflojó de golpe y no pudo evitar que una ostensible relajación de su cuerpo sobre el sofá arrancara una diminuta pero también ostensible sonrisa en el rostro de su padre mientras la escuchaba. ¿Qué había sido de su famosa fortaleza si seguía manteniendo tan tensos todos sus mecanismos de defensa? Ella que había hecho y seguía haciendo lo que le daba la gana con todos los hombres que conocía, sin excepción, se notaba indefensa como una niña de 12 años delante de su padre. Debía modificar aquella actitud, contra más resistencia o defensas neutralizara más fuerte podía sentirse y por lo tanto estar más en dominio de la situación. Por lo tanto debía tratar de sentir un poco de entrega hacia la situación, pasara lo que pasase. Por lo tanto respondió:

-Tengo todos los archivos en casa. Es mejor que vayamos allá.

-Donde quieras. ¿Vamos ahora?

-¿Ahora?

-No sé, yo no tengo nada que hacer.

-Pues… bueno, si quieres.

Su padre se levantó y fue hacia la otra habitación para decírselo a Vivianne, pero no llegó a entrar, esta salió enseguida dirigiéndose directamente a Marta.

-Creo que estaréis mejor solos, ¿Sí?

Marta asintió con la cabeza y se permitió mirar mejor a la muchacha. Desde luego era bellísima, aunque un tanto salvaje. Daba la impresión de no haberse maquillado nunca. Recordó que a su padre le gustaban las mujeres sin maquillar, naturales, directas; era un hombre bastante raro. Vivianne la miraba con cariño, como se mira a alguien de la familia, lo cual también le resultaba bastante raro en una amante; Tal para  cual. Su padre se volvió hacia ella cogiendo la cazadora de piel, con el aire de preguntar: ¿Nos vamos?

En el taxi continuaron silenciosos, pero Marta se debatía entre la ridiculez de pensar qué iba a pensar su padre del apartamento donde vivía. No había hecho limpieza en una semana, todo estaba en desorden, pero el temor de que su padre pudiera admirar lo que había hecho de su vida, le resultaba aún más insoportable. Se volvió hacia su perfil aguileño pendiente de la calle sin perder aquel enigmático aire de serenidad, pero embargado por una extraña paz que ella no recordaba. ¿Era Vivianne quien había obrado el milagro? Posiblemente, Marta estaba convencida que un hombre no es nada sin una mujer hasta el punto de ser lo que ella quiere que sea, pero a lo mejor, pensó, eso tampoco sea del todo exacto y pudiera ser que el amor los hace a ambos. Sea como fuere, supo que lo que a su padre únicamente le importaba era ella misma, (cerró los ojos para tratar ocultarse del mundo) como siempre le había importado, a los pocos minutos de nacer, cuando la sostuvo por primera vez en sus brazos.

Al entrar en su apartamento su padre lo miró todo con detenimiento y un rictus risueño de aprobación, como ya había previsto su hija.

– ¿Café?

– ¿Whisky?

Marta sonrió por primera vez, sirvió generosamente y respondiendo a aquella arcaica necesidad de aprobación, aunque tampoco era necesaria, empezó a despejar la mesa del comedor, que servia tanto para comidas con invitados como para desplegar alguna colección de sus fotos de la selva, o para alguna guarrería sexual, o lo que fuera, para ir colocando en ellas el material de su investigación que no había clavado aun en el tablón. Su padre sorbió un poco después de ejecutarle  un breve brindis y se dispuso a lanzarse con toda su atención y paciencia sobre aquel rompecabezas detectivesco. Entraba la tarde cuando Marta propuso ir a comer algo.

– ¿Tienes algo con que hacer bocadillos? Así aprovechamos el tiempo.

– Creo que sí, voy a ver a la cocina.

No ha cambiado en eso, pensó Marta, su obsesión por no desperdiciar el tiempo, o, como él decía, aprovecharlo para perderlo en lo que vale la pena, por ejemplo, siguió pensando por él, “aprovecharlo mirando o hablando con mi hija y no con esta mierda de complots de gente bien”, a lo cual no podía sino darle la razón. Mientras buscaba en la nevera se paró generosamente a mirar a su padre enmarcado por la puerta de la cocina como se posaba sobre aquel arsenal de notas, recortes de periódico, informes financieros, etc. Algo sustancial había cambiado en él, lo notaba menos pendiente del efecto que estaba causando, ya que en ningún momento se volvió hacia la cocina por si su hija estuviera mirándolo para comprobar cómo lo hacía. Simplemente empezó a revolver los papeles como si de un mazo de cartas revuelto se tratara para empezar a ordenarlo por palos. En otra época lo hubiera visto mirando a su alrededor, analizando los elementos del entorno, siempre inquieto, rodeado por una permanente aureola de temor. Probablemente había sobrevivido a todas las guerras y naufragios que a esa edad un hombre puede llegar a inflingirse. Seguro que ha pasado por todas las terapias, siguió pensando, hasta terminar por olvidarlas a todas. A su pesar, esa observación empezó a ejercer de sedante. Se distendió por completo y empezó a preparar un par de suculentos bocadillos.

Cuando volvió a la sala su padre levantó la vista y se le quedó mirando sin disimular un aire de sorpresa, pero no dijo nada. En efecto, Marta había entrado con la bandeja de bocadillos y cerveza, sonriendo. Lo único que su padre se permitió fue emitir una frase de circunstancias para seguir esperando acontecimientos y seguir respetando el desasosiego de su hija.

-Eso debe estar muy bueno…

– A ver si te gusta. – respondió ella sonriendo otra vez.

Comieron, bebieron, leyeron y dejaron que la vida circulara a su alrededor sin hacer ruido, sin manifestar el griterío impaciente que se agolpaba a las puertas atrancadas de sus emociones. Pero ambos eran conscientes de que tarde o temprano esa puerta se haría añicos y cualquier cosa podía salir dentro del torbellino de las siempre eternas como absolutamente inútiles recriminaciones que va almacenando la hechicera ciega de las emociones humanas en los calabozos pútridos cuyas mazmorras ostentan en lugar de los números de celda, placas oxidadas con títulos como: “Tu me dijiste…”. “Me debes una explicación de…”, “Si hubieras…”,  “Tu culpa de…”.

El padre de Marta tenía una ligera ventaja sobre ella, la edad, cuya proximidad al término del camino, ofrece una perspectiva más amplia y por lo tanto más generosa sobre las cosas. Y esa misma perspectiva le permitió tener paciencia y esperar a que ella iniciara la apertura de la caja de Pandora. A la edad de su padre ya se comprende que es precisamente una trampa abrir esa caja, porque de ella solo salen fantasmas, ya que no hay nada real, como por ejemplo el momento en que se está viviendo y las sensaciones de proximidad que acompaña el cariño hacia otra persona, pero antes de llegar a cierta edad el joven aún no cree en las trampas del inconsciente y le parece que toda reivindicación es real y tiene sentido, y que por tanto hay que plantearla.

Llegó la noche, y con ella otra pregunta empezó a materializar sus volutas en el aire, ¿continuaría su padre el estudio allí, o se iría a su casa para volver al día siguiente? Marta supo la respuesta antes de que se formara la pregunta: Él haría lo que ella quisiera, es decir, una vez más en su vida estaba delegándole a ella la responsabilidad de decidir. Pero, al igual que otras veces, él trataría de ayudarla y haría ver que él sí tenía alguna preferencia, que no le daba lo mismo, y esbozaría algún tipo de decisión con su eterna obsesión por complacer. Como siempre Marta lo iba a detectar enseguida y se volvería a enfurecer por dentro por el simple hecho de que su padre no la obligaba a nada ni tomaba ninguna decisión y por tanto la haría culpable de lo que pasara, sin permitirse la entrada a la posibilidad de que aquel hombre la adoraba de forma tan desmedida que cualquiera que fuese lo que ella decidiese le iba a parecer perfecto. Y es que en condiciones normales resulta muy difícil entender cuando otra persona expresa su incondicionalidad, porque se supone que en esta jungla no hay nada incondicional, o, lo que es lo mismo, uno siempre tiene que compensar a otro porque se supone que nadie hace nada desinteresadamente. Qué gran estupidez.

-No tienes que llamar a Vivianne? Es muy tarde.

– Sí, es cierto. Bueno ya se habrá supuesto que tenemos trabajo, pero de todas formas déjame llamar.

-O… ¿quieres marcharte ya? – En una décima de segundo cruzó por la mente de ambos aquel ritual de obligaciones y recelos, pero ganó su padre, tenía otra ventaja sobre ella, agradecía al destino la oportunidad de haberla vuelto a ver y por nada del mundo quería estropearla con imprudencias. Andaba como un gato experto por entre la cristalería.

– Sí… mejor continuamos mañana. ¿Vale?

– ¿A qué hora vendrás? – Otra provocación: demasiado temprano podía incomodarla, demasiado cariño la incomodaba. Él lo sabía desde hacía demasiados años.

-¿Sobre las doce?

-Muy bien, aquí estaré. – Y ya una vez distendida, tranquilizaba porque las emociones de su padre no se iban a desbordar como una catarata, se permitió incluso mostrarse relajada abordando asuntos de trámite: – ¿Qué te parece todo esto?

-Uf… huele a muerto, desde luego. Tienes una vista de lince. Hay un “potaje” en todo esto que… Desde luego necesitaremos hacernos con muchos más informes financieros de los que hay aquí, pero ya los encontraremos. Bien, hasta mañana.

Y a Marta ya no le asustó tanto como por la mañana que la abrazara con aquel calor y ternura. Empezaba a recobrar la confianza en sí misma y abrir una pequeña puerta a la posibilidad de que su padre pudiera tener razón o simplemente hubiera sido sincero en algunos acontecimientos que habían tratado de destruirles y admitir la posibilidad de que ella se hubiera precipitado al calificarlo de mentiroso. Y admitió también por primera vez en muchos años que esta sensación le estaba gustando. En realidad la esencia de los seres humanos es divina, por tanto cuando ocurre que entran en contacto dos personas por encima de los mecanismos de defensa y las corazas del Ego, no pueden sino reconocerse y sentirse bien por ello.

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