CAPÍTULO 13

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En la recepción del Hotel Harbour le dijeron que Juan salió de paseo pero no había regresado para cenar. Marta sabía dónde encontrarlo. Sin dejar la bolsa se encaminó hacia el muelle de viajeros, el más alejado del malecón y desde el cual el reflejo del sol poniente a la espalda coloreaba de bronce al mar que se preparaba para recibir a la noche. Lo vio sentado sobre un noray ensimismado mirando aquel horizonte. Marta llegó hasta su lado y dejó caer la bolsa.
– ¿Por qué lo hiciste?
– Marta… – se volvió para quedársela mirando con la incredulidad del ateo a quien se le aparece Dios. Luego movió la cabeza y chasqueó la lengua volviéndose hacia el horizonte. – Te lo dije. Te lo repetí, pero tú no querías creerme…
– No quise creer en tu juego porque creí que era eso. Ahora quiero saber la verdad, quiero saber porque lo hiciste en contra de lo que te pedía tu padre. Y no te lo preguntaré más. Sabes que detectaré si me mientes, y entonces no me volverás a ver.
– Marta… – se levantó. En su semblante seguía instalada la sorpresa. – Está bien. No tengo nada que perder, salvo a ti. ¿Damos un paseo? ¿No tendrás frio?
– No.
– Tú sabías que yo no iría a buscarte. Por eso has venido. Eres una mujer muy especial…
– ¡Tú también eres un hombre muy especial! – le interrumpió.
– Oh, no, por Dios, no. No sé qué has encontrado en mí, pero… uf. – sonrió con la amargura de un condenado. – Yo tan solo soy un tipo listo que se aprovecharme de las oportunidades. ¿Cómo se llama a eso? Ah, sí, un oportunista, un comediante. No tengo nada de especial, te lo aseguro.
– ¿Vas de sarcástico ahora? ¿Cuántas vueltas quieres darle a todo esto?
– No, yo…
– ¿De quién te querías vengar?- los dos sabían la respuesta, pero eso era la introducción.

Un silencio de plomo cayó después de que Juan lanzara un largo suspiro. Marta no le volvería a interrumpir porque sabía que lo iba a sacar todo y que su viaje habría valido la pena. Era como el corredor de fondo al que le faltaban los últimos cien metros para romper la cinta de la meta y por nada del mundo iba a desfallecer dirigiendo la confesión o preguntando tonterías.

– ¿Sabes? – empezó muy despacio – No podía soportar el pacifismo de mi padre. No podía soportar su bondad, su perdón constante hacia este o aquel, su silencio respetuoso para los demás, su silencio a mis preguntas. Le odiaba porque yo jamás podría llegar ni a parecerme remotamente a él. Todos le adoraban incluso los que le delataron. Era el hombre más fuerte y valiente que jamás he conocido. Nunca un reproche hacia nadie, ni siquiera hacia Franco, el gran asesino. Siempre el perdón el sus labios. No podía con eso. – respiró hondo unos instantes para ofrecer a su amada lo mejor que tenía, la pasión que nunca había regalado a nadie. – Yo nací mezquino, ruin, malo. Y sabía que nadie me podía igualar en eso, y lo puse en práctica, y de manera imbatible. Claro que mi padre estaba al corriente porque se lo dije. Era mi única forma de demostrarle que yo también podía hacer algo grande, aunque fuera demostrarle que nadie podía vencerme en esta mierda de mundo, que yo era capaz de acabar con todos. – Calló unos instantes para medir bien sus palabras. – Me has preguntado el porqué. Supongo que es la historia del patito feo. Yo nunca estuve dotado para el deporte. Imagínate en una familia de campeones, de famosos, de brillantes deportistas en cuyas casas las copas y las medallas se acumulaban en las vitrinas. Yo era el raro, el tipo que nunca llegaría primero a ninguna meta, porque además nunca aprendí a nadar bien. Mi madre solía decir que yo era el gran fracaso de mi padre, un maestro de maestros que había entrenado a los mejores campeones… Oh, pobre madre. No nos metamos con ella. Sería demasiado fácil. Ella también ganó medallas y copas. Yo necesitaba impresionarla con lo único que sabía hacer. Ella siempre se quejaba de tantos enemigos como tuvo mi padre y que nadie fue capaz de echarle una mano… ¿ves madre? – Juan hablaba a las aguas negras de un mar entrado en la noche de luna nueva – ¿Ves? He acabado con todos y de una forma que nadie sería jamás capas de igualar. Y he hecho que sufrieran creyendo que ellos mismos había labrado su propia ruina. No sé en qué paraíso o infierno debes estar ahora, pero si es cierto lo de las ánimas, que a veces vuelven a la tierra a observar a los vivos, verás lo que he hecho. No sé si estarás orgullosa, ni sé si es eso lo que querías, pero una cosa sí es cierta. He cumplido tu venganza. Yo no dije nunca nada ni me quejé, ni protesté, ni pedí más de la cuenta, pero he actuado. He preferido la acción a la queja… He acabado con todos.

Se volvió a Marta y le vio con los ojos enrojecidos e inundados. Respiró hondo otra vez y la miró con ternura, como el último soldado que queda en pie en medio del campo de batalla, encima de los muertos, cubierto de la sangre de otros y en las manos las armas de otros. Y sintiendo que ya no le queda nada, ni el silencio aterrador del mundo, si siquiera su propia soledad, porque de ella también se ha librado.

– Aquí lo tienes Marta. Eso es todo. Oh, podría pasarme hasta el alba relatando detalles, pero eso es lo que querías oír. – Y repitió para que le quedara más claro: – Lo hice por venganza hacia mí, ni siquiera por ella, ni por mi padre, solo por mí. Ella… también era pacifista. Se había enfrentado durante la guerra civil a los pistoleros de la FAI que entraban en la empresa para llevarse a fusilar a este o aquel aristócrata, pero nunca los frenó con armas ni con odio, solo con la palabra amor en sus labios. Por eso te digo que solo lo hice por mí. La venganza, dicen, es el poder de un dios, pero de un dios menor, ellos eran dioses de otra dimensión a la que yo jamás podría alcanzar… – Calló de nuevo, con la voz ya en un susurro. – Yo nací mezquino y manipulador. Y eso es lo que hay. Ahora tú haz lo que quieras. Tú también eres una diosa de otra dimensión, como la de ellos, no como la mía.

Pasaban cerca de un banco. Se sentó derrumbándose. Marta se sentó a su lado y dejó que fluyera un silencio suave, liviano, que pasaba a su alrededor envolviéndolos pero sin aprisionarlos, discurriendo hacia cualquier lado de los muelles, confundido con la brisa.

– Bueno. – dijo él por fin. – ¿Qué más quieres saber? ¿Qué más hay después de esto?
– Te quiero con toda mi alma. – soltó de golpe y sin más preámbulos lo que llevaba dentro. – No te librarás de mí. Es lo más hermoso que he oído nunca. – Él se la quedó mirando sin comprender. Frunció el entrecejo, todo su rostro se contrajo como si le hubieran anunciado que el Apocalipsis era un ritual de iniciación sagrado y no la terrible destrucción de la tierra que anuncia el llamado Evangelio de San Juan.
– Pero Marta…
– ¿No te das cuenta, Juan?
– ¿De qué?
– Has abierto la puerta. La puerta que permaneció cerrada desde que naciste. ¿No te das cuenta? Ahora todo es posible. Juan en latín es Ianus, la puerta. Y la has abierto.
– Pero te he confesado que soy un asesino…
– Has hecho mucho más que eso. Has expulsado todos los monstruos de tus campos de batalla interminables. Y, amigo mío, yo voy a pasar por esa puerta lo quieras o no. No puedes impedirlo. Yo también huyo de los campos de la muerte, si supieras, y jamás sería capaz de abrir el secreto como tú lo has hecho. A las mujeres nos cuesta quemar el último rescoldo. Siempre nos quedamos algo por si acaso. Este es nuestro problema. Llegamos hasta las puertas de la trascendencia pero nos cuesta quemar lo que queda atrás y volvemos, le damos la espalda al cielo.
– Pero deberás entregarme a la justicia…
– ¿Qué justicia? Vamos, hombre, qué justicia. Tú no has matado a nadie que ya no estuviera muerto. Por el amor de Dios, solo has utilizado su propia ambición para que ellos mismos de ahogaran en su mierda.
– Marta, espera…
– No, espera tú ahora. Tú no has hablado nunca a nadie como esta noche. La máscara de acero… ¿Dónde está tu máscara? La has fundido con una pasión que yo no he visto nunca en un hombre. No has dudado, lo has lanzado todo de un solo disparo y al centro de la diana. – tomo impulso para exclamar – ¡Te has liberado tu mismo! Yo solo estaba aquí para admirarte.
– Marta.
– Dime.
– Si no hubieras estado aquí yo no… – No hacía falta decir nada más, pero siguió. – Ha valido la pena toda esta vida de horror y falsedades, solo para poder conocerte.

Marta no respondió más que abrazándolo suavemente por los hombros, reclinando su cabeza y esperando el alba. Por fin sintió como a su hombre se le iban escapando todas las tensiones, una a una, como hojas secas que se lleva el viento, para dejar el jardín limpio y hermoso. Y el sol les saludó detrás de las Aran Islands, en irlandés Inis Mór, que crecen a la entrada de la bahía de Galvay, y los iluminó para anunciar el comienzo. Oyó a su hombre tratar de aclararse la garganta para empezar a hablar después de tanto rato.

– ¿Adónde quieres que vayamos?
– Ya estamos, amigo mío, ya estamos.
– ¿No quieres que vayamos a alguna parte hermosa?
– Esta es la parte más hermosa.
– Pero, no sé, recorrer Irlanda, es magnífica esta isla…
– Necesito tiempo de estar contigo… todas las horas del día, en una habitación… solo para amarnos sin límite de fantasías… solo para disfrutar de nosotros… necesito amarte sin parar, sin dejar de estar contigo. Necesito muchas horas, días, meses…
– Caramba, suena muy bien, pero yo ya no tengo veinte años…
– No tienes ni idea de cómo podemos…
– Desde luego que no, pero…
– Yo tampoco he vivido el paraíso, pero sé que existe… lo vi en los ojos de Vivianne.
– ¿Vivianne? ¿La iniciadora de Lancelot du Lac?
– Ah, claro, seguramente fue mi padre quien le puso ese nombre, porque es un nombre francés, no irlandés. Hablo de la mujer de mi padre. La conocerás y verás enseguida de qué estoy hablando.
– Dios mío; ¿Quién eres Marta? Me sacas del infierno a garrotazos y me dices que el paraíso existe.
– Soy de este planeta. – respondió colocando la mano abierta sobre el pecho de él. – Un lugar donde podemos ejercer nuestra libertad, y para serlo, la libertad no ha de tener más límites que el amor, porque la libertad es Amor.

Imagen: Art by bigfoot112

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CAPÍTULO 12

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*

– ¿Marta?
– Hola papá… – trató de decir sin conseguir despejarse de la cadena de orgasmos.
– Se trata de tía Julia.
– ¿No murió hace poco?
– Dos años y medio. Estamos tratando de vender el piso de la Barceloneta y recuperando algunas cosas he encontrado algo que puede interesarte.
– Apenas la conocí… ya sabes mi afición por la familia.
– Era discípula de Juan Porter padre. – concluyó para ahorrarse más preámbulos.
– ¿Qué? – Marta de despertó de golpe reconociendo que aquella voz no venía de otro lugar de la galaxia sino de uno muy próximo.
– Y hay abundante correspondencia entre los dos. Parece que era más que una alumna de natación. Especialmente hay una carta que resulta muy interesante para la investigación que estas llevando a cabo… aún estás en ello, ¿no?
– Sí…
– ¿Te he cogido en mal momento?
– ¡No… no, qué va!
– Vale…
– Pero me encuentras un poco lejos. ¿Qué día es hoy? … Viernes. ¿te va bien el martes que viene?
– Claro.
– Vale, pues nos vemos el martes.
– Marta…
– ¿Qué?
– Han asesinado a Orlando Letelier en Washington por orden de Pinochet
– ¡Joder!

Marta tardó unos minutos en lograr que se le despegara el auricular de la oreja, pero no la vista de muy lejos al otro lado de la ventana, donde veloces nubes blancas acaracoladas habían hecho su repentina aparición sobre la alargada bahía de Galway. Su hombre dormía como un tronco que tuviera piernas en V y brazos en cruz. Era su primer viaje a Irlanda y se sorprendió de que no hubiera pensando antes perderse por aquel país. Ciertamente, se dijo, el motivo del viaje por si solo embellecería cualquier árido rincón de este planeta, pero lo cierto era que el color y el paisaje le habían calado hasta los huesos como su típica y persistente lluvia. Juan había escogido tanto un lugar como un hotel a los que jamás hubiera puesto los pies, lo cual por tratarse de Irlanda le fue bastante difícil. El Harbour hotel en la New Docks Street fue un acierto más de su fino instinto de viajero refinado. Ni muy lujoso ni pasable, y sobre todo con una vista excelente a la bahía.

Marta alardeaba de no necesitar armas de mujer y mucho menos mentir a un amante, pero en aquella ocasión su voz interior le aconsejo hacerlo. Esperó a que terminaran el almuerzo.

– Tengo que estar en Barcelona el martes, Juan.
– Ah… Bien. ¿Le pasa algo a tu padre?
– No lo sabré… hasta que lo vea.

Marta supo que Juan había detectado un cambio en el movimiento del aire pero tampoco sabía qué lo estaba produciendo.

– ¿Quieres que vaya contigo?
– Como quieras. No sé de qué se trata. Puede que sea una tontería de anciano, ya sabes como son.
– No, el mío murió a los 50, sin que yo pudiera saber cómo es un anciano.

Marta se volvió a mirarlo. Sus ojos le sonreían cálidos, como si se estuviera despidiendo y en la natural inexpresividad de su semblante quiso mostrar un brillo elocuente de resignación de abandono de la lucha, fuera lo que fuese lo que el padre de Marta pudiera revelar, que su agudo instinto ya había comenzado a detectar. Marta no añadió palabra. A ambos les apasionaba la verdad desnuda, fuera ésta la que fuera, y sin concesiones de ninguna clase al destino, fuera el que fuese. Juan se quedaría en Irlanda, viajando sin rumbo fijo por aquella tierra que años atrás había adoptado como suya sin pedir permiso a nadie, recorriendo los lugares que en tantas ocasiones le habían regalado una paz que hizo suya, sin pedir permiso. Marta se despidió de camino al aeropuerto de Dublín dispuesta a todo, como siempre, incluso que fuera la última vez que se veían, cuando tan solo acababan de conocerse, de encontrarse, de amarse.

Su padre empezó esbozando alguna disculpa nada más verla y captar el cambio profundo en su semblante.

– Bueno, en realidad no sé si puede interesarte, pero pensé que…
– ¿Qué querías enseñarme?
– En esa caja esta la correspondencia del profesor Juan Porter con tía Julia. Me llamó la atención leer esa carta. – señaló unas hojas manuscritas sobre la mesa, un legado que se le antojó a Marta mucho más antiguo de lo que en realidad era. Empezó a leer y se detuvo a las pocas líneas:

“… Hoy quiero hablarte de mi hijo, de quien siempre estaré infinitamente orgulloso y que admiro profundamente, pero que ha emprendido una cruzada inútil contra aquellos que sabes que quisieron cambiar el rumbo de mi vida por motivos que no llegaré nunca a comprender. No sé como lo hace, pero con su portentosa inteligencia se ha erigido en vengador de una causa que no existe, porque yo ya les perdoné hace mucho tiempo, poco después de que me denunciaran y provocaran todas las desgracias que sabes. Les perdoné porque no tiene ningún sentido albergar en el corazón ningún resquicio de odio o resquemor, y también porque hicieron lo que hicieron por error, por miedo, por confusión en sus corazones, y por lo tanto no son culpables de nada. Y no consigo convencer a mi hijo…”

Marta se volvió a su padre con los ojos inundados, como suplicando su mano para no caer por el precipicio. Él se acercó para abrazarla por los hombros, y sin dejar de mirar la carta murmuró:

– No tuve el privilegio de conocer a un hombre así, pero comprendo las razones por las que tía Julia prefirió quedarse soltera y amarlo en silencio, porque él ya estaba casado. La guerra civil dejo muchos más muertos en vida que los que se tragó la tierra.
– Entonces… la conspiración, ¿es cierta?
– Eso parece.
– Dios mío… Y nadie podrá demostrarlo nunca. – exclamó lo primero que se le ocurrió, como si todas las conspiraciones del mundo tuvieran la más mínima importancia frente al drama que se acababa de abrir en su corazón.
– Como tantas otras conspiraciones. – siguió su padre para darle tiempo.

Marta volvió a dejar la carta sobre la mesa. Paseó la mirada por el cajón repleto de hojas manuscritas con aquella letra pequeña, pulida y perfectamente regular de un hombre íntegro.

– ¿Qué quieres que hagamos, Marta? Esto puede constituir una prueba…
– Déjalo. Lucila ya me pagó por decirla que no había tal conspiración, por tanto estoy fuera del caso. Por tanto ya no me interesa.
– ¿Vas a volver con él? – aventuró su padre para centrar el verdadero problema.

Marta no contestó, porque su padre había formulado en voz alta su propia pregunta, pero sabía que debía ir hasta el final, hubiese camino para ello o tuviera que abrirlo ella misma con los dientes. Quedó una vez más contemplando las infinitas direcciones posibles dibujadas sobre la planicie de ninguna parte y se dijo que aquel no era un lugar tan terrible, y hasta le pareció familiar, conocido.

– El teniente General Manuel Gutiérrez Mellado, – añadió su padre como queriendo dotar de algún registro terrenal a aquel extraño lugar en el que tantas veces en los últimos meses le habían situado a Marta los inesperados acontecimientos – substituye como Vicepresidente Primero para asuntos de la Defensa a Ricardo de Santiago. Este hombre hará la transición del país hacia la democracia.
– ¿Eh?… Ah, bueno, ya veremos. – Marta tenía ya suficiente con su propia transición hacia alguna parte. Permaneció inmóvil.
– ¿Vas a marcharte? – preguntó su padre, como podía haber preguntado cualquier otra cosa.
– Siempre me estoy marchando.
– Tendrías que ocuparte de algo o de alguien, que no fueras tu misma.

Marta se volvió despacio con los ojos llorosos. A nadie más en el mundo habría tolerado aquella afirmación por la inmensa carga de cariño que la acompañaba.

– Búscate una causa, qué se yo – su padre hizo un gesto evasivo con la mano – Algo que te haga sentir útil y por lo que a alguien le salte la emoción para darte las gracias. Qué importa donde sea… – Se cortó sorprendido por algo que se le acababa de ocurrir. – Oye, y cuando lo encuentres nos llamas y vendremos a echarte una mano. ¿No te parece Vivianne?
– Suena fantástico. – respondió inmediatamente la irlandesa.
– ¿Crees que te buscará? – preguntó descendiendo al mundo de lo real.
– No creo… – recordó la expresiva resignación en la mirada de su hombre al despedirse. – Tengo que ir a buscarle.
– ¡Marta…!
– Nadie. – Se volvió hacia su padre con dulzura pero con aquella determinación que la hacía tan especial. – Nadie me ha amado como lo ha hecho él, ni yo tampoco he amado a nadie… – sin terminar la frase fue a abrazar a su padre con fuerza, como se abraza a alguien para que sienta que lo estás abrazando, o sea que es el mundo quien lo está abrazando. – No te preocupes, te iré llamando y nos iremos viendo. Cuídalo Vivianne; bueno, es una frase cortés, ya sé que lo harás… – rió – Algún día me dirás de que planeta vienes, ¿vale?
– Vale.

*

Imagen: Soledad Mansilla

CAPÍTULO 11

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Tardó más aquella tarde en recorrer los 10 kilómetros que le separaban de su apartamento que Stanley encontrar a Livinstone, y además no iba a llegar. Un coche la aguardaba aparcado a unos metros del edificio donde vivía con las puertas del chofer y trasera abiertas y un hombre con la gorra en la mano saludándola cortésmente fue hacia ella:

– Señorita: Don Juan Porter pregunta si quisiera hacerle el honor de cenar esta noche con él.
– ¿Qué…? ¿Qué es esto? ¿Están rodando una película?
– ¿Perdone?

Marta se dio la vuelta sin prestar más atención a aquel fantasma del inframundo, pero seguramente el chofer no era un aprendiz o estando al servicio de tan singular personaje se las había tenido que ver con gente de muy diversa catadura y fue hacia ella para insistir:

– Señorita… disculpe que la haya abordado así, pero Don Juan Porter pensó que así era mucho más correcto que llamarla simplemente al teléfono, y por otro lado ha evitado venir él en persona por si a usted la molestaba.

Marta se giró consciente de que los fantasmas son seres insistentes y que muchas veces uno no sabe como sacárselos de encima. Se lo quedó mirando con la curiosidad indiferente de un niño de ocho años que hubiera encontrado de pronto en el paisaje del páramo la silueta de un reactor nuclear, pero lo utilizó para canalizar alguna de sus emociones incómodas y se demoró bastante tiempo en quedárselo mirando fijamente sin expresión. A veces la inexpresividad desahoga mucho más que la violencia. Pero el chofer, ni seguramente su jefe podrían jamás entender aquella insólita actitud, tuvo que tratar de interrumpirla como pudo:

– Eh… Perdone… Si le parece bien, el Sr. Porter la espera a las 9 en el restaurante Orotava… ¿Sabe donde esta?

Marta asintió frunciendo un poco los labios hacia abajo ayudada con unos levísimos golpes de cabeza.

– Entonces… – tuvo que confirmar el hombre – ¿Es todo?… Bueno, bien… Claro… así se lo diré al Sr. Porter.

Y Marta no varió la posición una décima de milímetro hasta que el coche se hubo confundido con cualquier otra cosa al final de la calle. Entonces escupió:

– ¡Joder!

Y en lugar de subir a su casa a arreglar los desaliños de una jornada de agitación política callejera, como harían la mayoría de las mujeres a las que uno de los hombres más poderosos de la ciudad invita al restaurante más caro de ella, siguió andando calle abajo. Marta era así, capaz de presentarse en un restaurante de lujo exhibiendo atuendos de guerrilla urbana; no hacía concesiones a la galería como tampoco a sí misma. Desde luego es mucho más difícil pasar por el mundo de esa manera, pero Marta era así. No gustaba de la provocación sin más, pero tampoco se esforzaba para evitarla. Se tomó su tiempo en llegar sin comprobar si era pronto o tarde. Y al entrar por la pequeña, pero sofisticada entrada al restaurante, en la que se anunciaba de buenas a primeras, con un manojo de perdices colgadas de una escopeta de dos cañones, que la especialidad era la caza, tuvo que soltarle al portero sin más preámbulos:

– Me espera Juan Porter, y le aconsejo que le avise sin más aspavientos.

Salió el propio Porter.

– Hola Marta, ¿cómo estás? ¿Te apetece que cenemos aquí o vamos a otra parte?
– Prefiero en otra parte.
– Claro, vamos donde quieras. – Y se dispuso a seguirla sin dar más explicaciones al personal del restaurante. – ¿Quieres que demos un paseo?

Marta se lo quedó mirando cuando se encontraron en la calle. Después de tantos años de agnóstica le intranquilizó la posibilidad de que Dios existiera. Pero tal como se comporta un agnóstico ante una aparición, preguntó:

– ¿Por qué quieres verme?
– Porque lo necesito. – respondió antes de que pudiera formarse bien la pregunta en el aire que los separaba. – No tengo otra explicación. No creo que la haya.

Juan era consciente de la estampa irregular que hacían conversando delante de la puerta de aquella perla de la restauración barcelonesa de aquellos años, ella con sus aliños de revolucionaria y él con su traje carísimo de corte personal, y lejos de sentirse divertido como podría ser su placer en otras ocasiones, sintió que aquella irregularidad era también importante para su vida. Marta echó a andar hacia el hermoso paseo de la Rambla de Cataluña. El la siguió a su lado y anduvieron largos minutos en silencio hacia abajo, hacia el corazón multicolor de la ciudad. Entrados en la calzada central de las Ramblas ella le indicó que necesitaba un trago y se metieron por una de las hermosas callejuelas repletas de las más variadas formas de la humana necesidad. Y solo después de un buen trago de whisky, sentados en una mesa del rincón, levantó los ojos hacia él.

– ¿Estás seguro de lo que quieres?
– En la mayoría de las cosas que ocurren en mi vida, sí. Contigo no. No tengo ni idea. Por primera vez en mi vida solo me permito sentir lo que siento y nada más. – Bebió y volvió la vista hacia la ventana.
– ¿No te parece que hacemos una pareja muy rara?
– Sí, claro… – sonrió, y eso contribuyó a que ambos se relajaran un poco.
– No debí decirte lo del Dr. Alier de la forma que lo hice… – iba a empezar Marta, pero Juan le siguió.
– Tú eres así, y probablemente por eso estamos aquí. – Inspiró hondo para darse ánimos en lo que iba a decir desde hacía días: – Nadie me había tocado con tanta puntería como tú lo has hecho, primero con lo de mi padre y después conmigo. Nunca me había ocurrido. Nunca en mi vida pude decir a nadie lo que sentía.
– ¿Ni siquiera a tu padre?
– Oh… – hizo un gesto evasivo con todo su cuerpo. – Mi padre no estaba a mi alcance. Estaba lejos… en su propio destierro. Nunca pude hablar con él de hombre a hombre. Nunca pude con aquella terrible máscara de dolor que siempre lo protegía. Terminó sus años alcoholizado. – reveló con vos muy trémula. – Fue el gran ausente en mi vida y nunca supe porqué. Nunca quiso hablar de su tragedia. Nunca…

Juan Porter había montado una fortaleza alrededor del corazón del monstruo para tratar de mantenerlo encerrado, pero a pesar de su poder y riqueza era un hombre afortunado; estaba a tiempo para encajar que alguien apareciera colocando y haciendo estallar aquellos potentes detonadores en la base de la estructura y tener la oportunidad, como en la leyenda de Beowulf, de luchar cara a cara con el maligno, bajo las aguas del pozo, de su propio pozo. Continuó hablando porque Marta se lo estaba pidiendo:

– No voy a huir otra vez… El Dr. Alier te habrá puesto al corriente de mi intento de suicidio. Si no es así te lo puedo contar…
– Me lo dijo.
– No fue el único intento, y hubo otros doctores Alier…
– Juan: yo soy lo menos parecido a un terapeuta…- iba a protestar Marta.
– No… – rió abiertamente – No necesito eso. – Dudó unos instantes y describió la mueca indiscutible del que va a saltar sin paracaídas, y piensa que a fin de cuentas si no salta el avión está a punto de estrellarse, con que no hay mucha elección. – Necesito saber simplemente que soy capaz de amarte… No necesitó más. – La mirada del gran hombre de hielo era la de un niño sobrecogido por el espanto.

Los ojos de Marta parecieron estallar por un fortísimo golpe de emoción. Para ella tampoco era fácil de encajar que la necesitaba alguien a quien ella también necesitaba, y de aquella manera tan absoluta. Lanzó un resoplido e iba a lanzar también la sonora protesta al destino, “¡joder!”. Pero lo hizo hacia adentro. Desvió la mirada e intentó empezar a hablar, como ella sabía hacerlo:

– Claro que eres capaz… muy capaz. ¿No te diste cuenta?
– Sí… – su mirada se extravió de pronto en algún lugar imposible y precisó: – Yo sí, pero… – A Marta le recorrió un escalofrío. El se dio cuenta de que ella reconocía aquella mirada de niño desamparado. Cerró los ojos para inspirarse y poder continuar. Se ayudó de un breve carraspeo. – No te asustes, Marta, no soy un psicópata que sabe mentir como nadie para esconder el alma de un asesino. Nunca he matado a nadie, ni siquiera existió el complot contra los enemigos de mi padre, más que en mis deseos… Estoy hablando de “eso” – cerró el puño para golpearse la base del esternón – que la mayoría de nosotros llevamos en el interior y que para algunos representa un verdadero monstruo… pero más para sí mismo que para los demás.
– ¿Tus vidas pasadas?
– Ah… ¿eso? No es nada, eso fue hace mucho tiempo, de joven, cuando la imaginación parece aportar todas las soluciones… Ya le he dado la vuelta también. Es algo mucho más simple y por lo tanto mucho más terrible… es lo que los psicólogos le llaman el trauma infantil ante la imposibilidad de curarlo, esa impronta que quedó grabada por las primeras experiencias de niño y que se realimenta día a día cuando uno es demasiado sensible… El poder sirve para ocultar muchas debilidades…
– Adler. – Sentenció Marta para aligerar la tensión y recitó una de las máximas de aquel discípulo de Freud: – “El anhelo de poder no nace de la fuerza sino de la debilidad”.
– Marta… – El poderoso en aquel momento era un niño desvalido convirtiendo a la déspota libertaria en un atisbo de madre, pero para ella era demasiado pronto para poder soportar que alguien la implorara, y menos aquel hombre que había sido capaz como nadie de sacudir los cimientos de su propia fortaleza construida también para tapar al monstruo. Se volvió hacia la ventana, con pesadumbre, porque supo que no podía huir como las otras veces de su propio callejón sin salida.

Los despertó de su ensimismamiento el dueño del bar diciéndoles que eran más de la una de la madrugada y que tenía que cerrar, había caído el tiempo a plomo.

– ¿Qué quieres hacer? – preguntó Marta al verse en la calle.
– No quisiera separarme de ti esta noche.
– Separarnos ahora ha de ser la cosa más difícil del mundo. ¿Vamos a mi casa?
– Donde tú quieras.

Y los náufragos llegaron empapados y exhaustos a la playa de la isla donde termina el mundo, y aquella noche se amaron sin violencia y sin pensar, solo sentir y hacer sentir, sobre todo ternura, algo de lo cual anduvieron faltados ambos durante demasiado tiempo.

Y a la mañana siguiente se preguntaron si el mundo les dejaría emprender aquel camino juntos o por el contrario el maligno controlador del mundo les estaba ya preparando sus acostumbradas trampas con la infinita sutileza que le caracteriza, para seguir alimentándose de sus angustias, como desvelan las antiguas religiones babilónicas.

Se miraron suavemente por encima de sus tazas de café humeante haciéndose la misma pregunta: “¿Qué vamos a hacer ahora?”. Y como Marta había recobrado su feminidad, disfrutó de ella esperando a que su compañero se pronunciase, sabiendo que la aguda intuición de éste lo habría adivinado y no se haría de rogar.

– Solo necesito unos días para arreglar ciertas cosas y nos podremos marchar. Estoy seguro que ha de ser mucho más fácil cambiar a una vida sencilla que al revés.
– ¿Quieres dejarlo todo? ¿Tu imperio?
– Ya no lo necesito…
– ¿Estás seguro? Te conocen en medio mundo…
– ¿Seguro? Tampoco necesito estar seguro de nada…
– No duraremos ni dos días. – Marta describió una gran interrogación con ambas palmas abiertas. – Tu ritmo de vida, tus maquinaciones… Y yo… no he aguantado a un hombre más de una semana.
– Habrá que arriesgarse…
– Espera, Juan. Si los dos hacemos lo que hacemos y estamos donde estamos es porque somos muy prácticos. ¿No? Bien, pues, ¿por qué no simplemente…?
– No funcionaría, Marta, porque ambos hacemos lo que hacemos y estamos donde estamos porque huimos de nosotros mismos. No lograríamos nada. Yo compartiéndote con mis reuniones y tú con las tuyas, mi mente ocupada con la maquinación para encumbrar al próximo líder político que quiero comprar y tu de tu próxima revolución. Este es nuestro veneno, y lo que te propongo es quitárnoslo de encima.
– Y no seré yo quien me eche atrás. ¿Adónde vamos?
– Bueno: Yo tengo mucho dinero que gastar y tú seguramente conoces alguna tribu del Amazonas en vías extinción a menos que logremos sobornar a los caciques del gobierno… por poner algún ejemplo. He leído tus artículos…
– ¿Tienes tanto dinero como para comprar al gobierno del Brasil en contra de las multinacionales de la madera?
– No creo, pero siempre puede haber alguna pequeña guerra que ganar…
– Solo piensas en ti mismo. ¿No crees que yo ya estoy harta de meterme en guerras perdidas?
– Sí, lo siento. Tienes razón. He hablado por mí. Di tú lo que quieres hacer, yo solo quería acercarme a tu mundo.
– ¿Qué te parece si nos vamos a algún lugar donde nadie nos conozca y estemos solos tu y yo y lo que hagamos sea solamente de uno para el otro?
– Desde luego, es la mejor idea.

CAPÍTULO 10

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Quedaron en verse de nuevo, pero aquel primero de Julio Arias Navarro presentaba su dimisión al Rey Juan Carlos, y los jugadores de la trastienda, entre ellos Juan Porter, se movían frenéticamente para tensar aún más los hilos de la telaraña del poder, y le tuvo que decir a través de su secretaria que no podría acudir a la cita. En otra ocasión, y estando al corriente, por lo menos de lo que en la calle se cocía, Marta lo hubiera entendido perfectamente, pero no en ese momento, después de la entrevista con el Dr. Alier, y se lo tomó como una estratagema más de psicópata para torturar a su víctima.

Había tenido enfrente muchos monstruos, especialmente los de su interior, pero el que se iba formando lentamente al otro lado del cristal de la ventana era nuevo. Una especie de elfo o duende de los bosques amenazando desvelar su verdadero carácter demoníaco en cualquier momento y despertar las antiguas guerras de venganza. Donde más peligro corre uno es atrapado dentro de su propia mazmorra. No hay cadenas más fuertes que las que construye la propia conciencia. Pocos días atrás creyó haber llegado el delta del Nilo de su vida, el lugar donde las aguas terminan su búsqueda y llegan a su destino, pero de pronto ese delta pareció estrecharse otra vez en los angostos barrancos del curso alto. ¿Qué podía hacer? ¿Desplegar otra vez todas las antenas de su instinto para detectar a tiempo el momento en que el macho empezara a transpirar aires de dominación para tomarle la delantera, o desaparecer sin dejar rastro? Si el diagnóstico del anciano psiquiatra era cierto, Juan Porter debía ser de los tipos cuya culpabilidad por haber disfrutado del sexo no se traducía en el típico desenlace de violencia doméstica, sino en ejecutar una ceremonia de la destrucción infinitamente sutil. Si eran ciertas las maquinaciones para destruir a los presuntos enemigos de su padre, la suya podía ser la obra maestra de los Borgia sin el recurso a los venenos físicos. No dejaba de atraerle seguir el juego por excitarla la sensación de peligro, pero también por pura curiosidad de comprobar hasta qué extremos puede llegar a retorcerse la conciencia humana, aunque dese luego no era eso lo que la había enamorado, sino el proceso de transformación de un monstruo en un ser humano, por la vía del coraje de ponerse delante de sus propias debilidades y contradicciones.

Otra vez se encontraba de pie en mitad de aquella planicie roturada por caminos que confluían en un mismo punto de fuga más allá del horizonte, allá donde parecía encontrarse su propia identidad, y que nuevamente se le estaba escapando.

Tardó apenas unos minutos en coger una bolsa con lo imprescindible y un taxi para el aeropuerto, pero cuando la Gran Vía empezó a dejar atrás los vestigios de Barcelona y ya empezaban a verse lo que iba quedando de las otrora fértiles huertas de El Prat un relé automático saltó en su cerebro iluminando un rotulo en el panel de alarmas que decía: “¿Huyendo otra vez?”.

– ¡Pare!… Digo… gire a la derecha, he cambiado de idea.
– ¿A Hospitalet?
– Sí… eso es, ya le indicaré…

Dejó el taxi en no importó donde y echó a andar al mismo lugar infinito que cubre este planeta llamado tan comúnmente “ninguna parte”, hasta que al caer la noche se vio llegando a su domicilio con unos pies, tal vez prestados, que se negaron a entrar en él. En “ninguna parte” uno puede esperar a que ocurran muchas cosas, inyectarse alucinógenos, suicidarse, entregarse a la meditación o llamar por teléfono móvil. Marta no podía hacer más que lo último.

– ¿Qué te ocurre? – preguntó su padre.
– No lo sé. ¿Puedes venir?
– ¿Qué?… Claro, donde estas. ¿En tu casa? Ahora voy.
– Ven con tu mujer.
– ¿Vivianne?
– Claro.

Hacía mucho tiempo que ambos no cogían un taxi, pero la gravedad de lo que parecía ocurrir a su hija hizo pasar por alto lo mucho que habían subido las tarifas, gravedad que sintieron confirmada al verla sentada en un banco del paseo con una bolsa de viaje a los pies. Se sentaron a su lado, su padre la rodeó por el hombro y dejó que su cabeza se apoyara en él en silencio. Nadie dijo ni “hola”, hasta pasados unos minutos.

– Es ridículo que acuda a ti… me siento ridícula. – Su padre no contestó. Iba añadir algo así como “yo que he estado en…”, pero le pareció aun más ridículo, y en lugar de eso dijo: – ¿Os apetece que subamos a tomar algo?
– Estar aquí o allá… – murmuró su padre contestando más bien a alguien que pasaba por el final de la calle. – Lo que parece importante es estar.
– ¿Cuánto tiempo te ha llevado llegar a esa conclusión papá? – se volvió a mirarle.
– Tiempo… supongo que ya lo sabía en el momento de nacer, pero se me olvidó enseguida, y he tardado muchísimo en recordarlo.
– Empiezan a gustarme tus jeroglíficos, – se separo un poco para sonreírle – pero mejor los acompañamos con algo sólido, ¿vale? – Su padre despegó los labios para contestar pero ella lo hizo por él: – “Lo que tu digas”. – Rieron los tres y acabaron por despegarse del banco y subir al apartamento.

– ¿No has notado nada? – preguntó su padre reponiéndose con el primer trago de whisky. – Quiero decir, algo en su comportamiento que te haga percibir, tú que tienes esa intuición, el odio escondido hacia la mujer. Tú que los has conocido de todas clases… – Marta seguía en silencio mirando por la ventana, marco inevitable por el que uno siente su propio silencio. – ¿Te cogió con el paso cambiado?… No será que – introdujo su padre con precaución – estabas, deseando como cualquier mujer, cerrar los ojos para no ver al monstruo?
– No todos los hombres sois monstruos, papá. – murmuró sin pestañear.
– Una mujer herida… va en busca de ellos.
– Pero tú no me heriste…
– En cierto modo sí. El rechazo, el abandono es una herida muy profunda, a veces más que la violencia, porque esta crea un objetivo claro contra el que vengarse.
– ¿Vas ahora a jugar a sentirte culpable? – Iba a volverse pero siguió buscando al otro lado del cristal.
– No. Eso ya pasó. Si me sintiera culpable no podría decírtelo tan abiertamente. La culpabilidad es una invención cultural; No existe, porque cada uno tiene su circunstancia y su naturaleza. Si has de matar a un violador, mátalo, pero sin un gramo de culpabilidad, porque él ha hecho lo que tenía dentro y tu también.
– ¿Qué debo hacer ahora? – se volvió por fin – ¿Seguirle el juego o mostrarme como soy, que es por lo que me he enamorado?
– ¿Deber? Es la primera vez que oigo esa palabra en ti… Pero, ¿tú crees que te has enamorado de Juan Porter porque has podido ser sincera por fin? Tú siempre has dicho lo que has querido y muchas veces lo que salía de tu estómago. Y con el trasfondo de la maquinación que envuelve a Juan Porter…
– ¡Pero eso ha quedado claro…!

Su voz resonó como la del monaguillo en plena nave de la catedral, que despierta sobresaltado en plena noche y corre hacia al altar creyendo que llega tarde a misa, y que la luz trémula de varias candelas le indica que no se ha perdido del todo, aunque falta mucho rato para la celebración.

– ¿Qué buscabas en él, Marta? – volvió a hablar su padre al cabo de unos instantes.
– Yo no me pregunto esas cosas. Siento lo que siento y ya está. Y en él he sentido… Y además desde aquel mismo día en el cementerio. – Se sirvió otro vaso. – Puede que tengas razón, que solo sea un estímulo para seguir viviendo. Una fuerte personalidad, un entorno carismático, el “famoso complot”…
– Tú siempre has encontrado estímulos, pero no te has enamorado de ellos.
– ¿Tu famosa… auto-observación? – Marta se volvió hacia su padre sorprendida de encontrar alguien conocido entre la multitud saliendo por la boca del metro. – ¿Observar nuestros comportamientos supone un camino a superarlos? No podemos analizarlos con la estructura de la mente que tenemos, por tanto solo hay que tratar de observarlos, como a la sombra hasta que deja de ser terrorífica para convertirse en solo eso, en una sombra que puede ser cualquier cosa. ¿Es eso?… Sí, sí, ya se, ya se. No hay ninguna solución, no hay ningún camino, solo andar.
– Y amarnos.

Los despertó el móvil de Marta bastante después de haberse despertado la mañana. Se levantó despacio como si fuera su abogado anunciándole que el jurado la había encontrado culpable de asesinato. Cogió el minúsculo aparato, se lo colocó al oído y esperó un par de sonidos de llamada más para colocar ágilmente el dedo entre la oreja y apretar el botón verde.

– ¿Sí? … Estoy bien… No pasa nada, lo comprendo… ¿Esta noche? Bueno, ¿dónde? … Juan: Fui a ver al Dr. Alier.

El silencio al otro lado debió parecerse al instante después de un terremoto de ocho grados en la escala de Richter, porque la mano que sujetaba en aparatito fue cayendo lentamente. Pero solo hasta un lugar impreciso en el aire, aunque lo suficientemente cerca de la oreja para repetir:

– ¿Me has oído? … ¿Sigues queriendo que nos veamos esta noche?… ¿Por qué no?: Respuesta equivocada, Juan. Piénsatelo y me llamas. ¿De acuerdo?

Marta vio como su padre y Vivianne iban a la cocina a preparar el desayuno. Colgó y paseó la mirada por la inmensidad de su desierto. Pero solo unos minutos, porque la rescató aquel par de náufragos que un día encontraron la Isla trayendo el desayuno, del que destacaba una humeante y aromática cafetera. Comieron en silencio y se comieron el silencio.

– Sigues queriendo destruir a quien puede amarte. – murmuró al aire su padre.

Marta levantó la mirada de golpe, pero el fulgor asesino duró poco, entre otras razones porque la sonrisa beatífica de su padre le indicó que él ya no estaba al alcance de sus disparos. Entre matar o amar hay a veces la distancia de un grano de arroz, pero la suficiente para que Marta se diera cuenta. Se dejó desplomar en el sofá.

– Yo creí… que eso ya estaba superado. Hemos hablado, ¿no? Nos hemos sincerado y he comprendido lo que pudo ocurrir, he digerido esa montaña de confusión… ¿Porqué, entonces…?
– Sigue habiendo una niña herida dentro de ti que no dudará en querer destruir al hombre a la menor ocasión. – Hizo una pausa y dio otro sorbo a la taza. – Tal vez hayas entendido a nivel intelectual, es decir, en la superficie, pero corregir esos condicionamientos anclados en el fondo lleva mucho tiempo y práctica. Crees que ya lo has superado y la herida se disfraza de superación para hacértelo creer.
– ¿Qué puedo hacer?
– Amarte. Permitirte ser feliz y encontrar lo que necesitas.
– ¿Vosotros…?
– Oh,… Dios… – el hombre describió un amplio gesto con la mano. – Nosotros… Yo trato de seguir atento a la aparición de la culpa para observarla todo lo que pueda y dejar que siga su camino sin quedarse en mi. Y trato de decir a Vivianne lo que pienso, todo lo que pienso y pedirle lo que necesito y tratar de darle lo que me pide, sea lo que sea… no conozco otro medio.

Marta se volvió hacia Vivianne como para preguntarle de qué planeta venía, pero la irlandesa se la quedó mirando con la dulzura de las flores salvajes que nacen en cualquier parte del prado antiguo en primavera, indicándole que no sabía qué contestar a eso ni a nada de lo que padre e hija hablaban. Simplemente había decidido amar a aquel hombre y pedirle que la amara. Así, sin más, sin mensajes, sin composiciones intelectuales, sin condiciones. Y aquel hombre había tomado la decisión de tenderse sobre aquel prado y dejarse acariciar por las flores, por el aroma de la hierba, por la brisa de las tierras altas y prestar atención a las antiguas canciones de la leyenda que, si dejas al oído vivir, las oyes fluir con la brisa, con el perfume del perfume, con el rumor de las hojas de los sauces, con el tiempo que pasa sin tiempo y se esfuma.

Pero como Marta no conocía el prado sino los campos de batalla resolvió:

– Por cierto, me estaba olvidando de lo importante: Se me hace tarde para llegar a Sant Boi.
– ¿Eh?
– Hoy es 11 de Setiembre y se va a organizar la “Diada Nacional de Catalunya” por primera vez desde la dictadura y hay que ir. ¿No os animáis? … Bueno, ya veo que no os hacen falta emociones fuertes… Las podéis producir vosotros mismos… ¿Qué decías papá?
– No,… nada.
– ¡No me mires así, no estoy huyendo de nada, simplemente hago lo que me gusta!

Su padre se levantó del sofá y fue a abrazarla para despedirla antes de que llegara a la puerta, y Marta le sintió como si le estuviera dando su amor ya que no había podido persuadirla de enfrentarse a sí misma en lugar de huir a cualquier país del Tercer Mundo embarcada en una ONG.

Para mucha gente del país, aquel 11 Setiembre de 1976 fue el amanecer de algo que, como en cualquier amanecer, aún se ignora como continuará el día, pero ciertamente otro país pareció posible. Marta sin embargo no lo disfrutó, ni siquiera a la hora de meterse en líos por las provocaciones de su grupúsculo al enarbolar banderas independentistas, a pesar de las insistentes advertencias por megafonía de que solo ondearan banderas unitarias. Ella se había metido en otra parte y sintió que en esa otra parte no hace falta meterse en líos, porque ya se encuentra uno con bastantes y de muy compleja catadura. Incluso cuando fue increpada por los servicios del orden y a punto de ser detenida se le antojó que actuaba en aquella película demasiado conocida por haber ido demasiadas veces al único cine, y le costó comprender lo que estaba ocurriendo. La efervescencia entusiasta y esperanzada que la rodeaba le pareció un océano agitado del que ella se había hecho a un lado.

Se dio cuenta de que, terminados los discursos y el acto en sí, sus compañeros se iban alejando entre los gritos enardecidos de la multitud y ella seguía sin poder despegarse de aquella tierra de nadie en la que había ido a parar tan solo hacía un par de días; la tierra de nadie de su propio interior. Sin más, había abandonado la necesidad de lucha, y al parecer aceptado la terapia más peligrosa, la auto-observación.

CAPÍTULO 9

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Al principio la llamada de su padre se le antojó a Marta otra más para saber cómo estaba, para no perder el contacto, etc., pero el motivo de la llamada le hizo cambiar de actitud.

– Fue por casualidad, como ocurren estas cosas. El otro día charlando con mi amigo Josep Alier, psiquiatra retirado, me comentó que él había tratado a Juan Porter de joven, no recuerda qué edad tendría, pero lo rescató a duras penas de consumar un intento de suicidio… – Marta desvió la vista del televisor en el que el telediario narraba los graves disturbios en Soweto por la obligación del uso del Africaner en las escuelas de niños negros. – No sé, creía que sería interesante para tus investigaciones.

No había puesto al corriente a su padre del giro que habían tomado los acontecimientos ni de sus encuentros con el investigado ni que ya no le interesaba la investigación sino solo al hombre. Iba a colgar para darle las gracias y decirle que se verían luego y olvidarse del asunto, cuando su instinto le hizo seguir agarrada al auricular del teléfono y continuar hablando, hasta que le preguntó a su padre si podía hablar con el psiquiatra y finalmente le pidió el teléfono. Aquel mes de Junio estaba siendo especialmente caluroso en todos los sentidos. El día 21, la prensa extrajera recogía el disgusto expresado por Arias Navarro y los ministros militares por las declaraciones de Fraga Iribarne a sobre la conveniencia de legalizar el PCE.

Volvió a quedarse paralizada como tantas veces en que creía haber salido del cuerpo y marcharse a viajar por quien sabe donde después de un cierto intercambio de palabras con alguien sobre un determinado asunto. En esos momentos se veía de pie en medio de una planicie perfectamente lisa y pulimentada, sin la más mínima referencia en el paisaje que unas tenues y apenas esbozadas líneas de dirección que presumiblemente la invitaban a tomar, solo que eran demasiadas y uno puede decidir entre dos direcciones, tres, cuatro a lo sumo, pero cuando los caminos posibles se multiplican hasta el paroxismo uno se queda como Marta, de pié, esperando a que suceda algo, aunque solo sea que transcurran algunos minutos para que la saquen de aquel estado y pueda hacer algo a continuación, aunque sea dar uno o dos pasos por la habitación.

Al parecer la vida no es una película o un relato de ficción, que tiene un principio y un final a gusto del guionista, sino que tuvo su comienzo en algún punto que desconocemos y continúa hacia otro aún más ignoto. O, dicho al revés, una película o un relato de ficción son solamente una instantánea tomada según los gustos de fotógrafo de un proceso que tal vez no tenga principio ni final sino que sea, como todo en el universo, de naturaleza cíclica.

Obviamente Marta no quería conocer a aquel psiquiatra por lo que pudiera revelarle del hombre que finalmente parecía estar llenando el gran vacío de su alma. ¿Suicidio? ¿Qué importa eso? Ella también estuvo ingresada a los 14 años en el hospital clínico por haberse tomado 40 pastillas de Aneurol. Sí, pero algo le dijo que si Juan Porter se lo preguntaba ella no tendría el más mínimo inconveniente en contárselo con pelos y señales y aún disfrutaría con ello, mientras que él… Probablemente lo que la turbaba era precisamente suponer que el no podría hablar de ello. ¿Por qué?

Como ella misma podría esperar de su propio carácter, fue a conocer a Josep Alier quien, por otra parte mostró un insólito interés en hablar con alguien del joven Juan Porter, como si se tratara de un libro que no llegó a terminar antes de extraviarlo por alguna parte, y ella le brindaba la ocasión de reencontrarlo para concluir su lectura.

La recibió en su pequeño pero comodísimo estudio de la parte alta de la Diagonal que gozaba de una magnifica perspectiva de la ciudad. Antes de pasar al asunto hubo como es natural una serie de ceremoniales, como ofrecerle café, hablar de la amistad con su padre, de los viejos tiempos, etc., etc., y, como también era de esperar, Marta tuvo que apremiarle.

– Ah, sí… Sí, claro. Es uno de los casos más interesantes que he tenido. Le aseguro que nunca creí que llegara donde ha llegado, ni siquiera que sobreviviera a su manía autodestructiva que yo tuve la fortuna de neutralizar en aquella época. – El viejo doctor tomó aliento, un sorbo de café y continuó con algo que iba a sorprender a Marta tanto como todo lo que oiría a continuación: – Su intento de suicidio ocurrió a les seis meses de casado… – Marta iba a interrumpir pero no le dio tiempo. – o mejor dicho, después de divorciarse a los seis meses de casado. – Y como viera que la expresión de Marta dibujaba la más atónita de las sorpresas, preguntó – ¿No sabía usted que estuvo casado? – Marta no llegó a abrir la boca. – Bueno, nadie lo sabe. Aquello se mantuvo en secreto, incluso más por parte de la familia de ella que por la de él. Y se ha mantenido así, por eso todo el mundo cree que Juan Porter nunca se casó, aunque a decir verdad aquello no debió nunca llamarse matrimonio, ni tampoco se llamó en realidad. – El hombre tuvo piedad de su visitante y fue más veloz en relevar el porque de aquellas extrañas aseveraciones. – Señorita, la cosa es muy simple, demasiado simple: El matrimonio nunca se consumó… – Iba a continuar con más detalles, pero Marta logró saltar de su asiento, por lo menos verbalmente.

– ¿Cuántos matrimonios hay que no se consuman, doctor, y siguen viviendo juntos toda una vida? ¿Por qué intentó suicidarse?

– Ah, sí. Sí… – lanzó un largo resoplido. – Usted habrá notado que Juan Porter es una persona de inteligencia excepcional, pero tal vez no haya llagado a saber hasta qué punto su intuición es mucho más poderosa aún, para bien o para mal. Muchas veces lo es para mal, porque la gente vive mejor si no accede a ciertos grados de percepción…

– ¿Porqué, doctor?

– Bueno, no sé por dónde empezar… Vamos a ver si por ahí… De pequeño había tenido visiones. Nosotros lo llamamos simplemente trastornos de la memoria permanente o flashes retrospectivos a memorias virtuales producidos por traumas de la infancia, generalmente de origen y contenido sexual, porque la ciencia no cree en estas cosas, pero hay que admitir que la gente que las padece sí lo cree. Bien, Juan Porter padeció de pequeño extrañas visiones que él atribuyó a vidas pasadas, a una especie de maldición o lo que fuera de una vida anterior… Verá, señorita, yo en eso no me meto, pero lo cierto es que a Juan Porter siempre le atormentó. Tenía una especie de paranoia con la sexualidad femenina en la que él se culpaba de haber sido un violador en una vida pasada… Bueno, todo esto, ya ve que no tiene sentido…

– Siga por favor. – suplicó Marta.

– Yo lo diagnostiqué como un típico complejo de Edipo no resuelto como el que hemos padecido todos… ejem… por el que él se culpaba de sus propios deseos y se sentía extremadamente sucio simplemente por desear a una mujer.

– Le sorprendería, doctor, la cantidad de hombres que me he… con semejante cuadro clínico… ¿Tan fuerte era que al no poder consumar el matrimonio…? No tiene sentido en un hombre como él.

– Bueno, claro, hay más. – se aclaró la voz – En aquellos seis meses de suplicio… pobre chico… llegó a convencerse de que jamás conseguiría amar a una mujer, que le estaba absolutamente prohibido. Bueno, como usted comprenderá ese matrimonio no fue su primera experiencia. Hubo otras naturalmente. También hay que tener en cuenta que no le operaron de fimosis hasta los 22 años después de la cual él creyó que ya podría realizar la penetración. Pero todas las experiencias que pudo tener lo fueron tan desgraciadas que en él se le instaló, vida pasadas aparte, un tremendo complejo de castración, y un buen día, cuando ya tuvo los papeles del divorcio y el silencio de la otra familia garantizados, quiso terminar definitivamente con aquel complejo. Afortunadamente no pudo, lo encontró su madre, que fue a su casa inesperadamente, en la bañera y lo hospitalizaron antes de que terminara de desangrarse. Para decirlo de forma gráfica, señorita, y perdone que lo sea…

– ¡Siga!

– Juan Porter tenía la manía de pensar que nunca podría penetrar a una mujer y que el conducto vaginal siempre permanecería cerrado para él, como consecuencia de sus excesos y violencia en una vida anterior.

– Bien, no creo que aún deba pensar eso…

Cayó un suave silencio entre ambos, como el que ocurre en las praderas momentos antes de que se descargue la tormenta. En apariencia todo parecía tener una lógica, un joven desesperado y demasiado lucido o cuyo cerebro imaginaba mucho más de lo razonable. Marta ya iba a conformarse con aquella información para no tenerla en cuenta en su investigación que además había olvidado en aras de intentar una vida en pareja, cuando le pareció que quedaba una pregunta por hacer.

– ¿Cree que aún queda algo de ese complejo, doctor?

– Eso es difícil decirlo..

– Bueno, – le interrumpió Marta que ya conocía la respuesta – Yo tampoco creo haber superado los míos del todo. Precisamente… – Pero no le explicó que ella había revivido su propio trauma a costa de la investigación sobre Juan Porter y por lo menos lo había podido mirar de frente, lo cual no necesariamente quiere decir haberlo superado, aunque dicen que es un principio.

Mientras bajaba paseando Diagonal abajo hacia el centro de la ciudad se le antojó pensar que le habría llegado el momento de pasar de ser cazadora a presa. Ella había siempre utilizado a los hombres en su provecho hasta que ya no le servían, hasta haber conocido a Juan Porter en las circunstancias tan especiales que rodearon el reencuentro con su padre, y de pronto le entró un frío polar que le encogió los huesos. Ahora sería la presa de un neurótico que iba a abandonarla cuando a él le placiera solo por el mero placer de la caza, y ella no podría hacer nada por evitarlo. Casi llegó a dejarse caer en un banco del paseo, encogida en un ovillo parecido al de las crisálidas, sintiéndose el cervatillo que no puede huir aterido por el miedo ante la presencia del depredador que va a devorarlo. Por primera vez en su vida, que ella recordara, se sentía vulnerable, desvalida, temiendo perder una relación o que esta la destruyera y el vacío emocional que eso conlleva, pero no podía moverse ni resistirse. Ese era el precio por haber permitido sentirse mujer y no poder usar las armas de mujer simplemente porque no podía usar ninguna.

Se encontró ante la puerta de la casa de su padre.

– La trama tiene que ser real. – empezó al cabo de un rato en que ambos, arrellenados en los sillones habían logrado ponerse en marcha gracias a pequeños sorbos de whisky. – Este hombre realmente planeó la ruina de los enemigos de su padre hasta provocar en la mayoría el suicidio de uno u otro modo.

– Ya te lo dije, ese hombre ideó una estrategia de arácnido para que sus víctimas se devorasen en su propia tela, la de sus víctimas. Es una trama perfecta que no tiene posibilidad de denuncia a la justicia porque no pueden haber pruebas ni indicios suficientes…

– Él dijo que sí, me lo corroboró, pero yo no creí que lo decía para desafiarme, para mostrar su poder, incluso arriesgando a que yo llevara un grabador oculto.

– ¿Lo llevabas?

– No.

– Y él sabía que no lo llevabas. Por lo que me dijo Alier ese tipo tiene un cerebro y una intuición que da miedo.

– Yo no le tengo miedo… todo lo contrario.

– Vaya. – su padre adivinó lo que Marta quiso ocultarle. – Entonces: ¿Abandonaste la investigación? Pero si estaba muy claro, su padre jamás quiso venganza, pero él tenía que vengarse de demasiadas cosas y tomó su recuerdo como excusa. Hemos leído los escritos de su padre, un torturado hombre bueno que jamás habló mal de los invasores, del ejército o la policía de Franco, a pesar de que lo destruyeron por completo, tanto a él como persona como a sus ideales que fue lo que más le dolió. Pero en ninguna parte hemos leído algo más vengativo que lo que podríamos leer en el Mahatma Gandhi. Era el hijo el que necesitaba vengarse por sus propias afrentas recibidas, no por su padre, ni siquiera por el alcoholismo que terminó con su vida. ¿Has investigado su juventud? Probablemente fue un desastre en deportes y se sintió como el patito feo en una familia de olímpicos. Alguien con demasiada imaginación para someterse a la disciplina de los entrenamientos. Como ocurre frecuentemente, el famoso financiero necesitaba vengarse de otra cosa, que no es otra que de sus propias frustraciones… – ¿Qué vas a hacer? – preguntó interrumpiendo su discurso al ver que el rostro de su hija se iba haciendo de mármol. – Dime, Marta, ¿Qué te ocurre? Ya sabes que puedes contarme lo que sea, yo soy tú.

Unos ojos vacíos dentro de hermosas cuencas en aquel mármol romano finamente tallado se volvieron muy lentamente hacia él, y no lograron escapar a la calidez que desprendían, una emoción que había sido incondicional desde el primer día, 30 años atrás. Y una gota de esa emoción transmitida por el aire, cementerio y biblioteca de la historia escrita por las emociones, llegó inexorablemente y dio brillo a esos ojos, para permitir que el ser pudiera recuperar su naturaleza carnal. Marta por fin se había entregado a un hombre, ¿por qué no podía confiar en el que la amó desde que emitiera su primer suspiro?

– Él me lo ha confesado todo, papa… – empezó balbuceando – Pero yo le he dicho que no le creía, que era solo imaginaciones suyas, eso sí, producidas por la venganza… Para él ha sido un desafío más. Una mujer más a la que vencer con sus mismas armas. Papá… – Añadió ya con toda su emoción – no es por la violencia que un hombre nos vence. Todo lo contrario. Un violador, un maltratador consiguen solo el cuerpo, como pueden conseguir una muñeca erótica, pero eso es porque este tipo de hombres están castrados, no son hombres, son bestias neuróticas. El hombre que nos vence ha de ser muy hombre para conseguir nuestra alma… – se le quebró la voz – Y la consigue…

– Niña… En esta jungla no hay vencedores ni vencidos. El hombre que ha de vivir sobreviviendo a las mujeres que se encuentra por el camino es un gran derrotado, porque todos hemos de sobrevivir a algo, especialmente a la mujer… hasta que entendemos que la puerta, la luz está en otro lado: No se trata de sobrevivir sino de fundirse. El fuego no aspira a permanecer y el Yang es el fuego. Quien ha de permanecer es el Yin, la tierra, el femenino. El masculino ha de fecundar, calentar, quemar si es preciso, pero después de ello ha de transformarse en otra cosa, energía tal vez, o lo que sea. Pero el hombre que se obsesiona en permanecer, en conservarse, en escatimar su capacidad de amar para no gastarse, ese hombre va encerrándose en su propia cárcel y terminará convertido en estatua de piedra, en lugar de convertirse en un pájaro del paraíso o del manto de energía que alimenta a un pueblo.

– Sigue…

– No hay mucho más. Yo también he pasado esa etapa de tener que sobrevivir a la mujer, primero mi madre, después tu madre, después fueron otras, y así hubiera sido indefinidamente hasta que me planté y me dije basta, contra más huyes la sombra te sigue, y es la sombra de mi propio lado femenino. Cuando entendí eso un buen día apareció Vivianne salida de las brumas de algún lugar precioso del Norte de Irlanda.

– Papá… ¿Puedo ser tu hija?

Horas más tarde Vivianne, que regresaba de dar un paseo, después de haber comprado el periódico en el que los titulares anunciaban que Ramalho Eanes había sido elegido Presidente de Portugal, los encontró abrazados en aquel mismo sillón, Marta aún con el abrigo puesto, inmóviles, y se sentó a sus pies a contemplarlos.

CAPÍTULO 8

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*

La secretaria de Juan Porter la anunció a pesar de que no tenía concertada entrevista. En realidad no supo bien porque se saltó las estrictas normas de su jefe, pero lo hizo. Probablemente porque el hundimiento del petrolero Urquiola frente a las costas de La Coruña cargado de crudo hasta rebosar estaba suponiendo para una de las compañías aseguradoras en las que Juan Porter ostentaba una significativa posición, un serio contratiempo que quitaba el sueño a prácticamente todos los ejecutivos y a sus respectivas secretarias. Y también es posible que algún mecanismo en aquella rígida y eficiente cincuentona se había descompensado y por unos instantes, solo por unos instantes, la había hecho unirse a la mayoría de humanos, que algunas veces hacen cosas en contra de sus propias pautas de conducta sin conocer la razón, y aunque el miedo a esa trasgresión los atenace siguen adelante; esa es tal vez una de sus grandezas. La trasgresión.

– Lo siento, señor Porter, pero…
– No se preocupe. Hágala pasar a la salita y dígale que en diez minutos estoy con ella.

Y al entrar en la salita, antes de que el gran hombre de acero apenas llegara a darle los buenos días, Marta anunció.

– He dicho a la persona que me encargó la investigación que no hay caso, que no existe tal conspiración. He venido a comunicarle esto. Por supuesto no puedo revelar el nombre…
– Tampoco me hace falta. ¿Quiere un café? – respondió sin mostrar extrañeza por la visita.
– Sí, me haría bien.

Encargó dos cafés por el interfono y se sentó frente a ella, para quedársela mirando con su habitual inexpresividad, pero suavizándola con la evidente intención de que ella pudiera penetrar la coraza y adivinar sus múltiples estados de ánimo.

– ¿Y si le dijera que sí hubo tal conspiración? – continuó después de que trajeran los cafés.
– Quedaría entre usted y yo.

Marta tampoco se había maquillado aquel día. Ni pensó en ello, a pesar de su intención al visitar a Porter era sin lugar a dudas la de una mujer que va al encuentro de un hombre. Aunque cuando a una mujer le aflora la pasión por los poros puede hacer perder el juicio a un hombre aunque se acerque a él en hábito de monja. Para la mujer que ya se ha encontrado a sí misma sin inhibiciones culturales, la fuerza es tan poderosa que su atractivo físico es solo un receptáculo y no un fin, y Juan Porter acusó de lleno aquella fuerza. Por primera vez Marta lo vio dudar, tambalearse su inexpresividad, volver a expresar su vulnerabilidad, y eso lo hacía aún más atractivo, poderosamente atractivo. Pero como él no estaba acostumbrado a experimentar su debilidad empezó sacando recursos de donde no los tenía y por lo tanto tuvo que recurrir a burdas maniobras de escape.

– Señorita… En realidad no sé qué pretende, pero le aseguro que… – Marta recibió el regalo de aquel hombre desorientado por primera vez, tratando de huir de la escena con uno de los mecanismos de defensa más infantiles, al advertirla que no le interesaban asuntos de faldas, pero ella no había venido a ese lugar para quedarse callada y respondió cortando aquellas excusas.
– Claro, claro. Oh, por supuesto que usted no… ¿Quién ha insinuado lo contrario?

“Touché”. Porter tuvo que morderse lo que pretendía añadir a continuación, humillado en lo más hondo, y supo que no iba a zafarse fácilmente y que su vida podría recibir los inexorables vientos del cambio sin que pudiera hacer nada por resistirse. No pudo sino continuar por donde había empezado.

– ¿A qué ha venido?
– A saber si su padre realmente quería ser vengado.

Dominar la situación hubiera supuesto responder en línea recta a aquella afirmación para demostrar que no abrigaba ningún miedo a hablar de lo que fuera, pero en lugar de eso Juan Porter se oyó a sí mismo decir:

– Todo eso no es asunto suyo. – Por lo menos pudo mantener el tono inexpresivo de siempre, pero aquello no podía ser interpretado más que como una retirada nada digna del hombre que Marta había creído descubrir. Y cuando iba ya a desentenderse de aquel lance porque no estaba en presencia más que de otro hombre aterrado por sus emociones y se disponía a seguir su camino y olvidarse de él, Porter reaccionó. Y lo hizo porque se dijo que no tenía sentido haber jugado fuerte en la vez anterior para retirarse ahora sin siquiera haber apostado. Ciertamente el que su repentino atisbo de retirada no tuviera sentido le estaba demostrando, desde que entró en la salita, que se había infiltrado entre ambos un nuevo elemento, tal vez más perturbador. – Pero no me negará va usted que aceptó este caso por su propio padre.
– ¿Qué? – Marta volvió a enfocar allí su interés.
– ¿O ignoraba usted que estas investigaciones la llevarían a su padre?
– ¿Qué tiene que ver mi padre?
– Usted ya lo sabe.

¡Caramba! Se dijo Marta. La alusión no podía ser más explícita, aunque evidentemente fuera un farol. Sin duda ambos habían entrado en la misma caverna del otro mundo. Se arrellenó en el sillón, tomó la taza y le dio un sorbo mientras contemplaba fijamente al hombre que se sentaba también manteniendo la mirada. Luego se quedaron midiéndose la distancia en silencio durante unos instantes que a cualquier otra persona de este mundo le hubiera parecido una eternidad. Por fin Juan Porter se deslizó por encima de las aguas:

– Probablemente sería mucho más adecuado que continuáramos la conversación en otro lugar. ¿Le parece?
– Claro. ¿Dónde quieres que nos veamos?
– ¿Mañana viernes para cenar en algún lugar hermoso de la Costa Brava, Begur?
– ¡Vaya…! – Marta lanzó un silbido entrelazado con una largo suspiro y se lo quedó mirando con una amplia sonrisa, sin añadir nada más que al cabo de unos instantes levantándose muy despacio: – ¿Hotel Aigua Blava, no el Parador, a las 9?

Juan Porter asintió simplemente con la cabeza y la acompañó a la puerta. Se despidieron solo con una sonrisa. Y cuando Marta se vio en la calle le pareció haber retrocedido 20 años cuando su persona era sacudida por los fuegos de su primer amor, solo que en aquella ocasión nada iba a perturbar la transformación que eso conlleva, por lo menos ella no iba a permitirlo, o eso creyó, o quiso creer. Echó a andar sin rumbo fijo, paladeando lentamente el sabor de aquel inesperado néctar. Y cuando encontró su coche se metió en él para conducir en dirección a la Costa Brava sin ir a su domicilio a recoger lo indispensable; pasaría la noche con lo puesto en algún lugar de la playa. Había pasado noches en lugares de diversa catadura y con menos de lo que llevaba, pero en aquella ocasión lo estaba haciendo para darle un mejor preámbulo a su trasgresión. Ya se había saltado muchas reglas en aquellos veinte años, pero en aquella ocasión le parecía que finalmente iba a saltarse la que verdaderamente importaba.

Un día y medio después, hacia las cinco de la mañana se vio gritando desaforadamente con los ojos desorbitados en dirección al bellísimo paisaje al que daba el amplio ventanal de la suite de aquel pequeño pero lujoso hotel de uno de los parajes más exclusivos de la costa catalana, exteriorizando el orgasmo más largo y profundo que podía recordar. Exhausta, empapada de sudor, jadeando si parar, se apoyó toda ella en el cristal de la ventana que quedó completamente opaco. Una vez que se hubo calmado fue echándose hacia atrás curvando la espalda para quedar sobre el cuerpo del hombre, y debieron pasar largos minutos para el que miembro saliera por sí mismo de su alojamiento. Después giró el cuerpo y quedaron reposando uno junto a otro, mirándose con la expresión más tranquila del mundo mientras aguardaban a que el amanecer se instalara definitivamente en sí mismo.

Mientras desayunaban en la amplia terraza, desnudos, aspirando la brisa en un soleado día de Mayo, ella interrumpió dulcemente la intrascendente conversación que iban teniendo desde que se levantaron.

– ¿Necesitas que hablemos de lo que permitió conocernos?

Él la miró con calma, luego al mar, luego al café sin azúcar que humeaba en la pequeña taza. Le ofreció una expresión que indicaba claramente que si había llegado hasta allí, porque no continuar el viaje, se aclaró la voz y se dispuso a continuar el viaje:

– Para mí todo empezó cuando me arrancaste que a lo mejor mi padre no necesitaba mi venganza, que su alma estaba en paz, aunque le hubieran truncado su vida, porque él ya había perdonado. El problema estaba en mí; era yo quien necesitaba venganza porque era a mí a quien habían traicionado en memoria de mi padre. Me has hecho ver a golpes de vagina lo que nada en el mundo había logrado. ¿Y quieres que te diga la verdad?
– No has dejado de hacerlo, Juan.
– Es cierto. Y sigo necesitando no mentirte. Pues que a lo mejor no hubo tal conspiración, por lo menos no hubo la maquinación que puede parecer tal como se han desarrollado los acontecimientos. No te estoy diciendo esto por miedo a que puedas tú misma utilizar la sinceridad del coito para denunciarme…
– ¡Me encanta lo duro que eres! – exclamó con toda su pasión incorporándose. – Termínate el café que me has vuelto a poner incandescente.
– Espera, chiquilla… a mí me encanta también ponerte así, pero déjame terminar, después haz lo que quieras conmigo. Quiero decir que me place decirte la verdad aún a riesgo de que puedas llevarme a los tribunales para cobrar lo que tengas contratado…
– Amigo mío, a mí también me place decir la verdad, es muy erótico. Te dije que ya les había dado mi informe que no había tal conspiración…
– Pero es igual, el placer es el placer, y el placer de decir lo que uno piensa, con el gran peligro que eso conlleva, es de dioses. No me importa lo que pase después, pero ahora quiero decirte esto, y no es una entrega, es un gozo: Si en mi mente hubo la venganza en todos estos años, no hice ninguna maquinación, no manipulé nada: Se lo hicieron todo ellos solitos. Cuando ayudé a Alfonso Robert fue por interés comercial, porque me brindaba una fábrica a un precio ridículo, y los demás igual. De todas formas sí es cierto que tuve una interna satisfacción al ver como se hundían, y esa fue mi venganza. Pero nada más…
– Ahora déjame a mi ese placer de dioses de decir lo que se piensa. Mira, yo me he follado desde un hechicero de una tribu del Amazonas hasta un paramilitar colombiano. Lo he hecho por todas partes y de todo, pero como esta noche jamás. Y la verdad: Estoy loca por ti. Así de simple. Enamorada. E-na-mo-ra-da. Coladita, coladita. ¿Vale? O sea que ya te puedes preparar. Yo que tú me compraría una caja de Viagra porque no te lo voy a poner fácil.
– Haremos lo que sea necesario.
– Y además, – rió con abierta satisfacción, – no te voy a preguntar si tú sientes lo mismo por mí. ¿Ves? Así de duro. Te digo que estoy completamente chorra por ti y me da igual si tú no lo estés. Así de simple y así de total.
– Bueno, bueno. Lamento quitarte parte de esa satisfacción porque yo…

Marta saltó sobre él y le cerró la boca furiosamente con sus labios. Luego le asió el miembro y como viera que no terminaba de responder, lo cual era lógico en un hombre de cincuenta años después de toda una noche de desenfreno, se aplicó concienzudamente en otra larga felación hasta que lo tuvo a punto.

Por la tarde Marta se dio cuenta de un cambio ostensible en su hombre. Ya no llevaba puesta la máscara de acero. Su rostro se había suavizado, le brillaban los ojos cuando se posaban en ella y sobre todo en ciertas de sus bellísimas partes. Y sonreía abiertamente.

– ¿Hasta cuándo nos podemos quedar aquí?
– Mañana tengo que estar en Madrid. – Y le reveló algo que muy pocos sabían, y que ella no debía saber precisamente debido a su filiación radical: – Van a nombrar a Adolfo Suárez consejero permanente del Movimiento y en pocos días relevará a Arias Navarro en la Presidencia del Gobierno…
– ¿Y se lo dices así, sin más, a una trotskista, a una enemiga del régimen? – rió.
– Tú no eres Trotskista.
– ¿A, no?
– No. Mis detectives nunca aciertan. Tú eres tú, y vives tu utopía, que como tal probablemente encaje más en grupos como las Brigade Rosse, pero tú eres tu propio grupo, un grupo de una sola persona Y que por otra parte, en el fondo, la mayoría, incluso yo, anhelamos esa utopía.
– ¿Tu, un magnate del Opus, anhelar la utopía?
– ¿Del Opus? Nunca me lo han propuesto porque saben que no quiero casarme y tener hijos…
– Cierto, Juan; hay tantas habladurías respecto de tu soltería que se podría escribir un grueso volumen.
– Todas falsas, naturalmente.
– Naturalmente.
– A lo mejor forme eso parte de mi utopía. Te sorprenderías de la cantidad de gente respetable que sueñan con otro mundo muy distinto a este, pero se aferran al pragmatismo para sobrevivir. ¿Por qué crees que el PC va a aceptar negociar con las derechas?
– No lo va a hacer.
– Sí lo va a hacer; ya lo verás. No van a arriesgar a que el poder saque al ejército a la calle.
– No me digas que hablas con Santiago Carrillo.
– ¡Claro, chiquilla, claro! Los pájaros cada uno en su árbol, pero cuando remontan el vuelo, en pleno cielo, no tienen árbol propio y pueden comunicarse…
– ¡Joder con la metáfora!

Marta fue hasta la ventana, los cortinajes púrpura del atardecer empezaban a caer sobre el mar de plata. Se estremeció de pies a cabeza. Los soñadores lo hacen ante la belleza, sin importarles quién los estará mirado. Juan Porter también lo hizo, paralizado por la belleza del cuerpo de la mujer contra la ventana. Una visión sublime. De tanto en tanto el planeta engendra mujeres como Marta, que hacen muy penoso pensar en la muerte, en abandonarlo. Y como dice la canción, Juan Porter no recordó en aquel momento cual, pero sin duda debía ser una canción popular, son las mujeres las que escogen a su hombre, y este ya puede haberse endurecido como el famoso “hombre de acero” y resistido todos los embates, porque siempre hay una que es la suya. A fin de cuentas, siguió pensando el financiero, “nacemos de mujer”. Y Marta era lo suficientemente inconvencional para no importarle lo más mínimo en reconocer que finalmente había encontrado a su hombre en aquel personaje de las altas finanzas, y darse cuenta, también sin ponerse a temblar, lo distintos que eran sus mundos respectivos y lo incierto que se adivinaba su futuro, si es que en algún instante alguien podía siquiera imaginar un futuro. Y en esto oyó su voz desde el interior de la habitación.

– Marta. No quiero que esto acabe aquí.
– Yo tampoco. – se oyó responder inmediatamente.
– No sé cómo vamos a continuar, pero… – Las siguientes palabras fueron pronunciadas en silencio. Un discurso y réplica perfectamente audibles solo por los sentidos.

Cenaron en la terraza.

– ¿Por qué no te has casado?
– No he tenido tiempo. – Pero se dio cuenta de que eso lo hacía retirar del permanente juego de la verdad que se había impuesto con Marta y dio el quiebro: – Probablemente porque no te conocí.
– No te imagino en el Amazonas, o escapando en Buenos Aires de los monstruos de la EMA (*), o en una casa ocupa…
– Te sorprenderías lo estimulante y peligroso que puede ser negociar con un ministro de Franco el modo de poner una tapadera al desastre del Urquiola. Probablemente le falten los mosquitos o los disparos, pero…

(*) Escuela Mecánica de la Armada

Capítulo 7

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*

Un ligerísimo cambio de tono en la oscuridad comenzó a insinuar la llegada del alba, y como si algún rayo no nacido hubiera asomado por la ventana, Marta dejó aflorar algunas inquietudes de su alma y se movió entre los brazos de su padre. Este se despertó e instintivamente la abrazó mejor para tranquilizarla. Marta se abrazó aún más en sus sueños hasta que aquel abrazo desencadenó contenidos más profundos, sobre todo al sentir que un hombre la besaba en los cabellos. Todo su cuerpo empezó a moverse, especialmente sus caderas. Un hondo suspiro la despertó y se dio cuenta de donde y con quien estaba. La miró a los ojos con aquella ternura que ella conocía tan bien. Se sonrieron y ella se incorporó un poco para poder decir:

– Uf, papá… Lo siento…
– No pasa nada. – murmuró él sin soltar el abrazo. – Duerme. Es muy temprano aún.
– Papá… – le miró con una intensidad que afloraba de su corazón por primera vez en muchos años.- ¿Te das cuenta? He creído que estaba con alguien… Vaya… Y es que me siento tan bien… por fin. No me lo puedo creer. Estoy tan bien.
– Y yo. – Levantó la mirada a las primeras pinceladas del día dejando escapar un larguísimo suspiro. – Todo termina colocándose en su sitio tarde o temprano.
– Te quiero, papá, te quiero mucho. – Y cerró un fuerte abrazo alrededor de su cuerpo como si quisiera hacer desparecer su rostro en su pecho. Lo acarició suavemente hasta que volvió a quedarse dormida y él encontró la mirada de Vivianne que se despertaba también por unos instantes, arrellanada en un sillón contiguo. Se sonrieron y ella le lanzó un suave beso con sus labios perfectos.

El tiempo, esa entelequia que después de Einsten no existe, o solo es la diferencia entre dos acontecimientos, discurrió para los tres sin que se notara en aquel refugio en la jungla pero al abrigo de ella. Y por la tarde Marta fue a su casa a vestirse para la cena. Y al entrar, después de haber pasado aquel par de días en la atmósfera beatífica del templo de su padre y Vivianne, le pareció como si un hálito frío e inhóspito de un lugar donde la gente viva odiándose la recibiera. Inspiró hondo. Por lo menos era capaz de reconocerlo, pensó. Uno sabe que se zambulle en el río cuando ha pasado un buen rato secándose al sol en la playa, o dicho de otro modo, si no sale del agua jamás sabrá lo que significa estar fuera de ella. Entró. Y se preparó para la contienda.

Porter no había reservado precisamente una sala privada sino una mesa en medio del público en el restaurante Atalaya, uno de los de moda para los negocios en aquella época, aunque eso sí, una mesa de ventana que daba desde aquel piso 45 a la mejor vista de la ciudad. Ambos fueron puntuales, precisamente para denotar que no se arropaban con la infantil defensa premeditada de llegar tarde, y se encontraron en la recepción. El conserje la saludó por su nombre, que obviamente le había dado Porter y los acompañó a la mesa.

– ¿Empezamos con cava como aperitivo? – empezó Juan Porter.
– Buena idea, pero me gusta entrar con cava solo si voy a continuar con él. ¿Propone vino o cava para la comida?
– Yo prefiero vino.
– Yo también. Entonces tomaré un whisky de malta, el que quiera.
– Un Glen Mavis de 12 años y una copa de Brut Nature reserva de la Familia. – encargó Juan Porter y le dedicó a Marta una escueta, pero sincera sonrisa, que expresaba abiertamente su reconocimiento.
– ¿Por donde empezamos?
– Me gusta usted, señorita. No, no se preocupe, – se apresuró a añadir, – no tengo intención de insinuarme, aunque cabría dentro de la lógica más absoluta que lo hiciera. No es eso. Simplemente que uno no tiene ocasión de conocer a personas como usted todos los días. Por eso le propuse cenar, para disfrutar un poco más de su compañía.
– Vaya: Empezamos muy bien. Se lo agradezco. Por supuesto no hace falta que le diga que la gente corriente no tiene ocasión de cenar con personas como usted.
– Aquel día en el cementerio. – Cortó, empezando a concentrar la artillería en el punto adecuado. – No me imaginé que acabaríamos cenando.

La cogió por sorpresa, ella esperaba un preámbulo más largo, aunque debió imaginárselo dada la sicología de un hombre como él que empleaba su tiempo de forma tan austera. Juan Porter no había hecho una pregunta sino un comentario, por tanto ella podía dejar que siguiera hablando, pero creyó que eso la pondría fuera de su altura.

– Yo tampoco, desde luego…
– ¿Qué está buscando? – volvió a cortarla, pero su mirada no era feroz sino la de alguien dispuesto a complacerla, lo cual debilitaba aun más sus defensas.
– Pues… – se permitió un prolongado suspiro y aprovechó que el camarero traía los aperitivos para prolongar la tregua e hilvanar sus pensamientos. – No lo sé. – lanzó, porque otra cosa no hubiera estado a la altura. Y como viera que él no iba a darle ninguna otra pista ni abrir ninguna puerta se lanzó, no tenía nada que perder, salvo la cena. – En la historia que estoy escribiendo – mintió sin embargo sobre eso, de momento – hay una circunstancia curiosa…
– Perdone, ¿le parece que escojamos?
– Sí, claro.
– ¿Puedo recomendar?
– Se lo agradezco, nunca he estado en este restaurante.
– De primero da igual, – empezó sin coger la carta – pero la especialidad de la casa es la lubina flameada al hinojo, por parte de los pescados, y el Chateaubriand al vino tinto, por las carnes, aunque…
– La lubina suena bien, y además la flamearán delante del cliente, ¿verdad?
– Exacto.
– Entonces el espectáculo es doble.

Juan Porter sonrió otra vez, es decir abrió una pequeña grieta en su rostro de acero. Encargó e hizo un leve gesto con la copa para desearle salud. Ella hizo lo mismo y bebieron el primer sorbo. Ella no esperó a que él la apremiara:

– Todos los componentes del equipo olímpico de su padre cayeron en desgracia desde hará aproximadamente 10 años y terminaron muriendo horriblemente o suicidándose excepto su padre…
– Y Alfonso Robert. Aunque tiene razón, no le falta mucho. – Marta anotó que no se había recatado un ápice en lo de que “no le faltaba mucho”. – Y usted cree que hay alguien detrás de esa curiosa circunstancia, por ejemplo el hijo del único miembro del equipo que murió en la miseria y del que se dice que fue traicionado por sus compañeros. ¿Me equivoco?
– Bueno, yo creía que íbamos a disfrutar de la cena, pero usted parece querer ir deprisa al asunto.
– Ahora se equivoca Usted, señorita. Por su puesto la he invitado para disfrutar de la cena, y por eso mismo no voy a dilapidar un instante en dar vueltas al tema y charlas sin interés. Con usted no.
– Entonces no me equivoco.
– Como siempre en la vida, las cosas no son ni blanco ni negro; ni es lo que imagina ni yo tampoco puedo darle todas las respuestas.
– Me figuro que tampoco querrá comprometer su reputación…
– Oh, no, señorita, tampoco es eso. Mi reputación está construida muy sólidamente a prueba de denuncias, libelos o calumnias. No se imagina usted cuántas ni cuán grotescas. Usted puede escribir lo que quiera, exactamente sobre lo que yo le cuente o no. Las respuestas que no pueda darle son las que no tengo, y como usted no me va a preguntar por las claves de mi estructura financiera, le aseguro que podemos hablar libremente del tema que le interesa. ¿Sigue Usted o yo?
– Yo, claro, porque he sido yo quien ha pedido la entrevista.
– Le aseguro que no me importan los motivos, adelante.
– Bien, – Marta supo que sobreviviría a aquella entrevista–desafío, pero temía no saber a costa de qué. Se las había visto en circunstancias muy difíciles que ella misma buscó por puro placer, como hacía ella las cosas, no por obligación sino porque necesitaba estimular su vida en salidas o escapadas hacia delante, la mayoría de ella a ciegas, como presentía que se encontraba en aquella ocasión. Y por ello disparó directamente – ¿Se trata de una conspiración para vengar a su padre?
– Me gusta usted, señorita, y me gusta decirlo, no sabe usted cuánto. En las alturas o abismos, como quiera llamarlos, del poder tenemos pocas ocasiones de gozar del placer de expresar admiración a nuestros enemigos. Debemos ocultarlo, aunque eso no sería precisamente signo de poder y fortaleza. Y por supuesto me gusta usted como mujer, tampoco quiero privarme del placer de decirlo. Pero no quiero con eso desviar del tema, solo disfrutar de su compañía. Bien: Decía usted, ¿conspiración, venganza? …

Se volvió hacia la ventana sin aflorar tampoco ninguna expresión a su rostro. Una de las cosas que más intranquilizaba a Marta era precisamente eso, el que un rostro de acero, imperturbable, inexpresivo, pudiera lanzarse a hablar de aquella manera a los primeros lances y sin preámbulos. Se le ocurría una explicación: expresar dominio, poder. Como él mismo había insinuado, contra más seguro se siente un guerrero de sí mismo más se expresa a su contrincante. Lo cual le hizo venir a la memoria algunas cosas que le dijera su padre de pequeña respecto de los guerreros samurai, que en ninguna circunstancia infravaloran al enemigo, porque no es contra él la lucha, sino contra sí mismos, y no puede uno nunca infravalorar su lado oscuro porque entonces éste se hace aún más poderoso. Y el recuerdo de aquella niña de 12 años que admiraba su padre como sí fuera en sus fantasías un apuesto guerrero medieval cruzó por la pantalla de su mente sin dañarla por primera vez en tantos años. Y por primera vez se sintió bien con aquel recuerdo. Respiró hondo y esperó a que aquel señor de los avernos iniciara su siguiente jugada.

– Señorita: La sinceridad siempre ha sido un lujo en este planeta, que solo pueden permitirse gente como yo. – Marta empezaba a abrigar la sospecha de que aquello no era una lucha cuerpo a cuerpo sino un descargo de conciencia.- Y voy a seguir disfrutando de ello porque usted también tiene en su conciencia la pesada carga del odio y la revancha…
– ¿Qué…?
– Aunque detecto también que ese odio se ha vuelto ya contra sí mismo y puede liberarse si usted se lo permite…
– ¿De que esta hablando? ¿Y dice usted que no huye del tema? ¿En qué quedamos? ¿De que esta usted disfrutando?
– Señorita, desde hace mucho tiempo tengo la especialidad de detectar en mujeres adultas a la niña que odia ferozmente a su padre.
– Pero… – Marta era de reacciones muy rápidas e iba a replicar que llegaba tarde en eso, pero pensó que en su rostro debía quedar aún la máscara que había grabado sus más dolorosas frustraciones, probablemente para seguir tratando de entenderlas.
– Solo que en usted es como el filo de su propia espada…
– ¡Basta ya! La cena ha terminado…
– ¿Ya se retira? ¿Una guerrera como usted? Pero si no ha perdido aun la espada. ¿Ha perdido su coraje?
– ¿Quién es usted?
– Una conciencia encerrada en una coraza, como usted.
– Esto es de locos.
– Claro: estamos en el mundo.

Marta podía hacer frente a muchas cosas menos que la tomaran por una chiquilla asustada que no puede hacer más que recurrir a armas de mujer. Se tomo su tiempo en serenarse y siguió el juego de evitar disimulos infantiles o diplomáticos, que no vienen a expresar otra cosa que miedos. Miró por fin con calma a aquel hombre que esperaba su siguiente movimiento. A fin de cuentas, pensó, ella sola se había metido en aquel trance. Empezó de nuevo:

– Señor Porter, otro día podemos hablar si quiere de mis odios infantiles, pero yo creía que hoy íbamos a hablar de la cadena de muertes de los miembros del equipo olímpico. Pero, en fin, si no quiere hablar de ello y prefiere hacer de psicoanalista no tengo inconveniente. He pasado por eso muchas veces. Usted dirá.
– Probablemente le quede por pasar una última vez. Pero no, no es mi interés bucear en el odio a su padre, simplemente trataba de establecer un paralelismo para justificar mi afirmación de que nada es absoluto, ni blanco, ni negro, sino que depende de infinitos matices. Bien, usted ha descubierto lo que puede ser una trama orquestada por algún poder financiero para causar una ruina estrepitosa y moral a un grupo de personas que pueden agruparse en los componente de un equipo de natación, y ha creído descubrir mi presencia o alguna relación con todo ello. Hasta aquí es todo lo que tiene.
– ¿Qué interés tiene usted en hablar de ello precisamente conmigo?
– ¿Aún no lo ha descubierto? Entonces sigamos. Lo que ha venido a hacer aquí es provocar que tropiece yo en indiscreciones que le confirmen que fui el artífice de la ruina de esas familias, más moral que financiera y con ello la posible creación de enfermedades terminales en esos sujetos. Pero usted no puede conformarse con lo que ya supone, es decir, que lo hice por venganza en memoria de mi padre, sino que necesita más.

Marta no encontró las palabras, por alguna razón se quedó bloqueada, lo cual fue aprovechado por Juan Porter para continuar:

– Mire: Usted pensaba en una entrevista farragosa con un sujeto encastillado en sus inexpresividades a través de la cual pudiera usted deducir, poco a poco y diálogo a dialogo, con la ayuda de su proverbial intuición lo que había venido a confirmar. Usted pensaba reconstruir su propia estructura de la supuesta trama a partir de lo que pudiera sacar de mis declaraciones. Pero ya le dije al principio que nunca pierdo el tiempo en averiguar lo que ya sé. Y sé que vino a eso después de haber estudiado concienzudamente la vida y milagros de esos señores. Hace exactamente dos meses y cinco días nos vimos por primera vez en el entierro de Julian Robert, y ha tenido tiempo más que de sobra para montar su organigrama del crimen. Por tanto usted puede esperar más de nuestra entrevista. No sé cuánto más, pero me parece mediocre que los dos perdamos nuestro tiempo haciendo lo que hemos previsto que haríamos. Esto se hace en política, en el mundo de la empresa, y yo de eso ya tengo suficiente.
– ¿Por qué quiere entrar en más profundidades, en algo que puede comprometerle?.
– ¿Aun no lo ha adivinado?: – repitió – Porque me place, porque tengo el poder, y por ello puedo permitirme arriesgar lo que usted cree que arriesgo.
– ¿Por qué se arriesga a que no lleve conmigo un grabador y pueda ir a la policía, por encargo de la persona para la cual trabajo?
– Por dos razones, por lo mismo, porque me place y tengo el poder para emplear su tiempo en lo que me place, y la segunda, porque el riesgo, incluso para un financiero, créame, es vida.

Marta sabía desde hacía mucho rato, incluso desde muchos días atrás cual era la pregunta esencial que lograría desestabilizar a su enemigo. Lo miró a los ojos para hacerle entender que su siguiente estocada no podría pararla aunque la estuviera esperando desde, también, hacía mucho rato, y a diferencia de ella, desde hacía muchos años, y aunque deseaba continuar con aquella presencia y aquella conversación, sabiendo que probablemente la conversación terminaría inmediatamente, disparó:

– ¿Está seguro de que su padre quería que le vengara?

Una estocada es tanto más efectiva cuanto más imprevista. Juan Porter esperaba que ella derrotaría por sus traumas infantiles de la relación con su padre, pero no calculó bien que su fuerte carácter no necesitaba utilizar armas de mujer indefensa, sino de mujer poderosa. Abrió los labios pero nada salió de ellos. ¡Diana! Se dijo Marta: “es la pregunta que ha guardado en su corazón desde el principio sin atreverse a sacarla a la luz”. Y entonces él hizo algo que Marta no había previsto, mostró ser vulnerable. Y esa vulnerabilidad la arrastró a ella también como si ambos hubieran estado luchando cuerpo a cuerpo sobre un tronco apenas colocado en lo alto de un abismo, de forma que si cae uno de los contendientes cae el otro. Y como tampoco podía prever que el famoso hombre de acero de las finanzas y la política no tratara de ocultar que había sido alcanzado por un golpe certero, ella acusó también la herida. Ocurre con las luchas de algunos samuráis, cuando encuentran por fin a su oponente resulta que se parece tanto a él mismo que las heridas que inflige resultan ser sus propias heridas. Mucho más cuando se dan cuenta de que no hay oponente porque están luchando contra su propia sombra.

Habían llegado al momento de escoger el postre, pero Juan Porter se quedó con la carta de postres en la mano mirando a su interlocutora de aquella manera que nadie había visto antes y ella tuvo que apartar la mirada. Un sordo frotar sobre la mesa la hizo volver al hombre. Había dejado la carta sobre la mesa, no iba a escoger el postre. La miraba, probablemente no había dejado de hacerlo, pero en su mirada no había ni un atisbo de su proverbial dureza, sino una especie de ternura extraña, como si le agradeciera el haber sido tan certera. Incluso la desarmó por completo cuando le sonrió por primera vez, para decir con una voz completamente distinta, suave y además acompañada por una iluminación en la piel que Marta jamás habría podido adivinar.

– Bravo, señorita. Bravo. Me ha vencido. Esa es precisamente la pregunta. – Suspiró por primera vez y empezó a levantarse – Usted puede quedarse y disfrutar del postre que quiera, bebidas y lo que quiera. – Marta se iba a levantar también, pero la pidió con la mano que se sentara. Y cuando el camarero le trajo el abrigo, al despedirse se permitió decir: – Su padre es un hombre afortunado. Si yo hubiera querido tener una hija por la cual perder la vida… – Hizo una leve inclinación de cabeza, sonrió otra vez y desapareció.

Marta se aflojó como un saco vacío en el sillón. ¿Quién ha ganado este combate? En los grandes duelos no hay vencedor ni vencido. Nunca salen las cosas como uno las ha planeado, pensó la parte superviviente de su cerebro. Se había imaginado una interminable serie de largas sesiones de entrevista forzadas de una u otra manera a partir de las cuales habría podido extraer paso a paso y con el mayor esfuerzo, usando todas las estratagemas posibles y lances diplomáticos con aquel hombre. Y resulta que él ya había intuido que vendría a buscar aquella información y no quiso perder el tiempo en todo lo que ella había supuesto. Una vez más el debate en su cerebro seguía enzarzado entre si aquello fue un desafío o un descargo de conciencia. Juan Porter no parecía negar aquella trama sino todo lo contrario mostrar su venganza abiertamente, pero también mostrar, como había hecho con su última frase, todas las dudas que había mantenido encerradas en su conciencia. Y la había escogido a ella para hacerlo. Los hombres siempre la habían temido, hasta aquel momento. Pocas veces se maquilló de mujer fatal, porque no le hacía falta, tampoco con Juan Porter, aunque con él le pareció haber ocurrido todo lo contrario, la había escogido a ella como espejo para mostrarse a la cara la verdad de aquel proceso. Marta se sentía desprotegida y vulnerable ante las puertas de un templo prohibido incluso para ella. Solo recordaba haber sentido aquella angustiosa sensación otra vez en su vida, a los doce años, al darse cuenta por primera vez de la proximidad física de su padre como hombre, o tal vez fuera antes, pero estalló en ese mismo año en que huyó de casa por primera vez.

Se levantó de la mesa pesadamente cuando ya no quedaban clientes en el restaurante. Aquel hombre, utilizándola para enfrentarse a su propia verdad, la estaba obligando a hacer lo mismo con la suya. Anduvo errante por las calles vacías hasta que con los primeros albores que empezaron a dibujar una nueva ciudad, la diurna, llegó a su casa. Se dejó caer en el sofá del salón y permaneció allí, despierta, sin quitarse ni los zapatos, hasta que por alguna razón la luz de medio día, a pesar de haberse acostumbrado a la radiante claridad horas atrás, la hizo salir de su ensimismamiento. El teléfono había estado todo ese largo rato a punto de ser descolgado, hasta que por fin vio como su mano iba hacia él para marcar el número de su padre.

Él acudió enseguida profundamente inquieto por el tono de voz y lo escueto de sus palabras.

– ¿Qué ha ocurrido? – le preguntó nada más abrirle la puerta.

Marta no le respondió, pero con un largo suspiro envuelto en pesadumbre y confusión se volvió hacia la sala sin cerrar la puerta y dar unos pasos muy lentos y sin rumbo.

– Marta, ¿qué te ocurre?

Ella llegó hasta la ventana y se quedó mirando hacia fuera. Su padre se acercó y le puso la mano en el hombro para tratar de consolarla de lo que fuera, pero ella se soltó inmediatamente por un acto reflejo. Él se dispuso a inmovilizar la mirada hacia ese punto sin espacio ni tiempo al otro lado de alguna parte hasta que su hija consiguiera saber lo que era y empezara a hablar. Y como ella sabía que él podía quedarse así, inmóvil hasta el fin de los tiempos, respiró hondo y se movió como si quisiera volverse hacia él, pero solamente varió su posición para apoyarse en el alféizar y dejar que su cabeza cayera entre los hombros, como si quisiera ocultarla de la vista de posibles transeúntes. Y en esa posición empezó a balbucear frases entrecortadas que obligaron a su padre a hacer esfuerzos sobrehumanos para lograr entenderlas, pero no le pidió que las repitiera ni hizo pregunta alguna, simplemente esperó poder entender en algún momento.

– … Creí haber superado todo esto, pero ni todas las terapias han servido de nada… No creí que esto pudiera sucederme a mí… Siempre me los he tirado yo, y a quien he querido… No esperaba sentirme así por un hombre… Es lo que he temido más en mi vida, sentirme entregada… ¡Dios qué mierda! ¿Cuántos psicoanalistas y terapeutas alternativos…? Finalmente has de enfrentarte al… – levantó la cabeza para mirar con ojos llorosos por encima de los tejados. – placer de sentirte poseída… uffff- lanzó un resoplido y cortó. – ¿Whisky? – le preguntó a su padre.
– Claro.
– Claro, claro. Tú lo arreglas todo así, como si la vida fuera tan fácil. – y se fue hacia la cocina a buscar un cubilete con cubitosos de hielo.
– Supongo, – empezó su padre, aunque no estaba seguro de que le pudiera oír, – que simplificar las cosas para no sufrir tanto debe ser un mecanismo de defensa, pero, ¿es obligatorio sufrir?

Cuando Marta entró de nuevo en la sala su padre creyó que era otra mujer, o mejor dicho una mujer y no precisamente su hija. Lo miraba como nunca lo había hecho. Como una mujer mira a un hombre y no una hija a un padre. Él tuvo que desviar la mirada. De pronto, por aquella puerta habían entrado en tropel los jinetes de la hora final inundando la estancia con sus bestiales alaridos y el zumbido en el aire de sus armas cortantes. Marta entreabrió los labios pero no pudo sacar lo que quería hasta algunos instantes más de tregua:

– Me deseabas, ¿verdad? ¿Es eso?
– ¿Qué? – a su padre le asaltó un mareo que tuvo que apoyarse en el canto de la mesa
– Tan simple. Tan sencillo.
– ¿Qué estás diciendo? – Hizo ademán de llevarse el vaso a los labios pero supo que ya no tenía remedio, porque su hija iba a continuar descorriendo el velo de los velos.
– Siempre fui la niña de tus ojos, nunca dejaste que nadie me bañara y cambiara los pañales, ni siquiera mamá. Vivías por mí y yo era tan feliz, me sentía tan completa… hasta que me hice mujer. ¿Verdad? – Su padre tuvo que volverse otra vez hacia la ventana con la única intención de escapar convertido en el hálito de la muerte. – Cambiaste tan radicalmente… como has hecho siempre las cosas papá. O todo o nada. Empezaste a dedicarte a mi hermano como nunca lo habías hecho y a mí… pero creo que aquel día fue el principio del fin. – No hizo falta que Marta le preguntara a su padre si se acordaba de aquel día en que cumplidos los 12 años se escapó de casa por primera vez después de una bronca colosal de su padre. – Me hiciste… – Y entonces Marta, en ese preciso instante, supo que se estaba recuperando a sí misma. Se concedió unos instantes e incluso se inclinó hacia su padre para que él viera bien la expresión de dulzura con que iba a decir lo siguiente. – Nos hicimos tanto daño… Todos estos años perdidos, – Su padre no podía volver los ojos hacia ella. – cuando la cosa era tan simple. Yo nunca he podido amar a un hombre y sentirme bien por causa de aquello que ni siquiera pasó. Ya sé que no solamente es la mujer la que se entrega en el amor, también el hombre se siente bien cuando se entrega, y eso lo sé por experiencia, pero lo que no sé, porque no lo he experimentado es que el femenino, el eterno femenino, se siente bien cuando se entrega a su amado. Yo nunca he experimentado ese placer… Hasta esta noche, durante la cena… De pronto, antes de despedirnos sentí claramente lo que jamás había sentido, el placer por ser de alguien, de entregarme, de desear ser poseída. ¿Te das cuenta? – pero no esperaba respuesta de su padre, solamente de ella misma. – Ese sentimiento de niña, de sentirme en el paraíso en tus brazos y con tus mimos se truncó cuando confundimos… o la sociedad, la cultura nos hizo confundir… Y hace poco, después de tantos años, el mismo día en que nos volvimos a ver, lo soltaste papá, de golpe, sacaste el puñal que llevabas clavado desde tanto tiempo, me dijiste que el día que yo nací y me tuviste en tus brazos después de cortar el cordón tu vida cambió. Pero en estos días que llevamos trabajando juntos no has vuelto a mencionarlo, porque aunque te sacaste el puñal queda la herida. La misma que llevo yo y que no me permite entregarme a un hombre, he de poseerlo y destruirlo, porque quiero destruirte a ti… – se cortó de golpe y se acertó más a su padre hasta quedar sus alientos a escasos centímetros – … quise decir quería destruirte… Ahora ya no. Ahora quiero amar a ese hombre, a Juan Porter, me ha costado mucho darme cuenta, pero ya me conoces, no puedo pasar ni un minuto dudando cuando sé que quiero algo. Y tú tienes que ayudarme, papá… Lo necesito…
– Lo que quieras, cualquier cosa… – apenas pudo pronunciar aquello con la voz quebrada como saliendo de una grabación muy antigua.
– Necesito que me liberes. Necesito volver a ese día de mis doce años y me digas porqué.

Su padre avanzó unos dedos trémulos pero de una mano firme hacia la mejilla de su hija, pero apenas llegó a rozarla. Inspiró hondo, como cuando uno se confiesa ante el universo o le pide cuentas al universo por haber descubierto que ha sido engañado por él, que a lo mejor viene a ser lo mismo. Sorbió de su vaso para aclararse la voz y empezó muy despacio.

– No se me borrará nunca aquel día. Han pasado muchos años y todas las cosas del mundo, hasta que he podido ver claro, por eso el día en que nos vimos de nuevo empecé por el final, por la conclusión.
– Lo mismo que me dijo Juan Porter al despedirse… Que si alguna vez hubiera querido tener una hija por la cual perder la vida…
– Ese es el sentimiento, Marta: perder la vida… Ya sabes, o todo o nada. – Se volvió a aclarar la voz.- Aquel día nos íbamos de excursión; todo el mundo estaba agitado con los preparativos, los bocadillos… en fin, todo… y fui al baño a pedirte que te dieras prisa y abriste la puerta, completamente desnuda y fue como si de pronto saliera otra persona de aquella habitación… Supongo que ese momento se fue gestando durante mucho tiempo solo que yo había logrado soslayarlo y esquivar mis sentimientos. Pero aquel día no pude. No pude en absoluto. Fue como una visión del infinito. No había visto en mi vida un cuerpo de mujer tan hermoso, tan perfecto, o incluso más que perfecto… Te conocía tanto, y sin embargo fue como verte por primera vez. No he podido dormir bien desde entonces… o mejor dicho desde que conocí a Vivianne, o ella me conoció…
– Continua, por favor, papá. Lo necesito.
– Desde luego, pero la esencia es esta, me enamoré perdidamente de ti el día de tu nacimiento, cuando te tuve en mis brazos y mi ser se transformó en otra cosa, nunca he sabido en qué… Vamos a dejar de lado lo que han opinado algunos amigos míos desde la perspectiva del budismo y las vidas pasadas, porque no me ayudó nada, aunque lo he intentado tantas veces, hacer regresiones a otras vidas donde tú y yo fuimos amantes de novela romántica. Finalmente he comprendido que estamos aquí y esta es la vida que hemos de resolver como podamos, porque apoyarnos en vidas pasadas es utilizar muletas faltas y falsas consolaciones que no resuelven nada más que irte poniendo vendas en los ojos. Y ya me conoces, yo necesito ver, aunque la verdad sea tan cruda.
– No es tan cruda papá. La felicidad que me entregaste, antes de que la cultura te lo negara, fue de verdadero paraíso. Muchas veces sentí con claridad como hubieras dado tu vida por mí sin pestañear. No lo supe, lo sentí. – Entonces ella se lanzó a su cuello apretando un abrazo con fuerza. – Te quiero mucho, papá. Te he querido siempre, pero los dos hemos de liberar de ese lazo inoportuno que enturbia nuestro amor, el sexo. Necesito amar a ese hombre, a Juan Porter, necesito encontrarme a mi misma para amar a ese hombre, papá.
– ¿Qué necesitas? Pídeme lo que sea, absolutamente lo que sea.
– ¿Me harías el amor?
– … Dios mío… – murmuró como si lo hiciera dentro de una caracola de mar – Nunca se puede decir que lo has visto todo. – Su hija seguía esperando. – Claro,… por supuesto.

Marta había acercado sus labios a los de su padre, y su vida se había puesto a circular como un torrente desbocado por aquel inesperado aunque lógico canal de transmisión. Los besó suavemente y sintió como por fin había podido introducir la llave en la cerradura correcta. Se besaron por unos instantes como una mujer a un hombre. Luego ella se separó un poco y se lo quedó mirando transformando la expresión de sorpresa en dulzura. Por fin apareció la sonrisa en sus labios. Una sonrisa franca y cómplice, y dijo riendo:

– No puedo. No puedo, papá. – rió un poco más fuerte, constatando que era un ser mortal de la especie de los humanos y condicionado por una cierta cultura y por lo tanto sometida a sus leyes, costumbres y pautas de conducta. Y añadió: – Es demasiado.
– Para mí también. – pudo por fin desencartonar la sonrisa.
– Pero no te hagas ilusiones. – añadió rescatando la sonrisa pícara de niña traviesa que su padre conocía tan bien porque jamás se le había borrado de la memoria. – Si no podemos ser amantes en el plano humano…
– Lo somos en el plano divino.

Marta se separó un poco más y levantó el vaso en el que todo el hielo se había derretido.

– A tu salud papá. Mi único cómplice.
– A tu salud Marta, la única mujer a la que he amado desde que nació y hasta las últimas consecuencias.

Bebieron. Se sentaron uno frente al otro. Su respiración completamente relajada. Su sonrisa seráfica, como dos seres de otro mundo que eran, que por fin se han reconocido en este y reconocido los papeles que les ha tocado representar en él.

– Ufff… Gracias, papá.
– Gracias a ti, hija. Ahora podré amar a Vivianne sin el miedo de imaginarme que eres tú.
– Que lo disfrutes. Yo trataré de hacer lo mío con esa colosal roca de acero que ya ha empezado a cuartearse.